Inicio:
Ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación
por un horrible sacrilegio cometido contra el Santo Altar. El Altar Eucarístico
es un lugar sacratísimo, es el lugar en donde se lleva a cabo la confección del
Santísimo Sacramento del Altar, la Sagrada Eucaristía, el tesoro más precioso
de la Iglesia Católica. De ninguna manera, bajo ningún concepto, puede ser
utilizado en la forma en que se utilizó, sacrílegamente. Para mayor información
acerca de este intolerable ultraje al Altar Eucarístico, consultar el siguiente
enlace:
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio
(Misterios a elección).
Meditación.
Afirma
un autor lo siguiente, animando a los católicos a obrar obras de misericordia,
tanto más intensas, cuanto más en gracia se está: “Anímense, pues, los siervos
de Cristo y crezcan de mil en mil; obren siempre intensamente, logren enteros
los talentos recibidos para que se doblen (multipliquen); empleen todo su
caudal; no falten en nada a la gracia de Dios; no dejen ociosa la virtud de su alma;
merezcan, con toda diligencia, más gracia y más; siempre agraden a su Redentor
todo lo posible; amen a Dios, como Él merece y lo encarga, con todo el corazón,
con toda el alma, con todo el entendimiento, con todas las fuerzas, con toda su
virtud, que todo es poco”[1].
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Segundo Misterio.
Meditación.
Con
respecto al obrar en gracia, el Apóstol San Pablo nos dice lo siguiente: “Nadie
falte a la gracia de Dios” (Heb 12). Esto quiere decir que nadie falte
de estar en gracia: nadie falte de procurar la gracia -si es que se tiene la
desgracia de perderla-, nadie falte de la gracia; a nadie le falte igualar a la
gracia en sus obras y afectos, obrando intensa y fervorosamente, según la
gracia recibida[2].
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Tercer Misterio.
Meditación.
Con
relación a la gracia, no ha de haber remisión, ni negligencia, ni cansancio, ni
desigualdad no correspondiendo a la gracia ni igualando su intención. Es necesario
emplear todo el fervor del que se es capaz, sin faltar a las inspiraciones de Dios,
es decir, sin dejar pasar ninguna gracia inspirada por el Santo Espíritu de
Dios; por el contrario, el alma debe cooperar con la gracia, de tal manera, que
igualen nuestros actos de virtud a su llamamiento y dignidad[3].
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Cuarto Misterio.
Meditación.
Dice
San Bernardo: “Todos nos quejamos que nos falta la gracia, pero con más
justicia se queja la misma gracia”. No debemos faltar a la gracia con nuestra
remisión o reticencia a obrar según la gracia, porque no se guarda bien sino
con fervor y diligencia. Dios nos coloca en estado de gracia, como en un
paraíso ameno y deleitable, pero no es para que nos quedemos holgazaneando[4], sino para que aumentemos
los talentos, como los siervos diligentes de la parábola de los talentos.
Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.
Quinto Misterio.
Meditación.
Afirma
un autor que Dios puso “a Adán en el paraíso terrenal, “para que obrase”; luego
se añade “y le guardase”; es decir, no solo para que guardara la gracia, sino
para que obrara según la gracia y esto porque para guardar la gracia hemos de
obrar y no ser remisos o tardos para hacerlo. Haciendo esto, es decir, obrando
según la gracia, perseveraremos en el fervor de las santas obras, cumpliendo
así la virtud a la que la gracia nos llama, imitando al Apóstol que dijo de sí:
“La gracia de Dios no estuvo baldía en mí, pero trabajé más abundantemente que
todos” (1 Cor 15)[5].
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor
Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los
ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente
ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del
Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.
Amén”.
Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.
Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo
por las intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.
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