domingo, 16 de febrero de 2020

Hora Santa en reparación por misa negra en Richmond, EE. UU. 270220



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por la misa negra satánica programada para realizarse en febrero de 2020 en Richmond, EE. UU., por parte de una secta satánica. Para mayor información sobre el desdichado evento, consultar el siguiente enlace:


Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto inicial: “Cantemos al Amor de los amores”.

Inicio del rezo del Santo Rosario meditado. Primer Misterio (a elección).

Meditación.

Con relación a las Visitas al Santísimo Sacramento, San Juan Bosco nos dice así: “¿Queréis que el Señor os conceda muchas gracias? Visitadlo con frecuencia. ¿Queréis que os conceda pocas? Visitadlo poco. ¿Queréis que os ataque el demonio? Visitad poco a Jesús Sacramentado. ¿Queréis que huya de vosotros? Visitad con frecuencia a Jesús. ¿Queréis vencer al demonio? Refugiaos con frecuencia a los pies de Jesús. ¿Queréis ser vencidos? Dejad de visitar a Jesús. Queridos míos, la Visita al Santísimo Sacramento es un medio muy necesario para vencer al demonio. Por tanto, id con frecuencia a visitar a Jesús y el demonio no vencerá contra vosotros”[1].

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Los santos sabían apreciar el inmenso don de misericordia divina que significa para la Iglesia la Presencia Real del Hombre-Dios en la Eucaristía. San Alfonso María de Ligorio, por ejemplo, decía así: “Estad seguros de que, de todos los instantes de vuestra vida, el tiempo que hayáis pasado ante el Divino Sacramento será el que más fuerza os dé durante la vida y más consolación a la hora de la muerte y durante la eternidad”[2]. No puede ser de otra manera, porque el tiempo transcurrido delante de Jesús Eucaristía es tiempo impregnado de eternidad, de feliz eternidad.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

El amor lleva al alma a adorar a Dios Presente en la Eucaristía, de manera que el amor se convierte en amor adorante y la adoración en adoración amorosa. En el sagrario, Jesús es adorado sólo por quien lo ama de verdad y es amado de manera eminente por quien lo adora. Los santos han sido los adoradores más fieles y ardientes de Jesús Eucaristía. Por este motivo, la Adoración Eucarística ha sido considerada siempre como la imagen más real de la adoración eterna que constituirá todo nuestro Cielo. La diferencia está sólo en el velo que esconde aquella realidad divina, de la que la fe nos da una seguridad inquebrantable.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

La Adoración Eucarística ha sido la mayor pasión de los santos. Adoración durante horas y horas, a veces durante días y noches enteras. Allí, “a los pies de Jesús”, como María de Betania (Lc 10, 39), en unión amorosa con Él, absorbidos por Él en la contemplación, consumían su corazón en oblación pura y fragante de amor adorante. Si no lo somos, pidamos a los santos que intercedan por nosotros para que nuestro amor eucarístico sea un amor adorante.

Silencio para meditar.

Padrenuestro, diez Ave Marías, Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

San Pedro Julián Eymard exclamaba con ardor: “¡Que yo pueda servir de escabel, oh Señor, a vuestro Trono Eucarístico!”.  Y el beato Carlos de Foucauld, que escribía a los pies del sagrario, decía: “¡Qué dulzura de dulzuras, Dios mío…! Más de quince horas sin haber tenido otra cosa que hacer más que esto: Miraros y deciros: “¡Señor, os amo!”. ¡Oh, qué dulzura!”. Desde el inicio de la Iglesia, todos los santos han sido adoradores apasionados de la Eucaristía. Ellos, que amaban de verdad, no contaban las horas de adoración que pasaban al día o por la noche a los pies de Jesús en el sagrario.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente, y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Los cielos, la tierra y el mismo Señor Dios”.



[1] Cfr. Stefano María Manelli, Jesús, Amor Eucarístico, Testimonios Escogidos de Autores Católicos, Madrid 2006, 111.
[2] Cfr. Manelli, ibidem, 111.

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