martes, 22 de octubre de 2019

Retiro para la Catedral de Concepción: “La Eucaristía, Corazón de la Iglesia” (1)



Meditación 1. “La Eucaristía, Corazón de la Iglesia”[1].

         Para entender la importancia y la trascendencia, para la vida de la Iglesia, de la Eucaristía como “Corazón de la Iglesia”, antes de entrar propiamente en el tema, podemos hacer la comparación de lo que sucede en el hombre, con su propio corazón. En el hombre, el corazón cumple una doble función: desde el punto de vista biológico y desde el punto de vista espiritual y afectivo.
         Desde el punto de vista biológico, el corazón es para el hombre su centro vital, puesto que el corazón es el que bombea la sangre a todo el organismo, la cual se distribuye por medio de las arterias, llevando oxígenos y nutrientes. Si bien hay otros órganos que pueden llamarse “vitales” –hígado, pulmón, riñones-, el corazón cumple una función tal que es, para el hombre, el órgano vital por excelencia. Como es obvio, el hombre es incapaz de vivir sin corazón; si el corazón falla de forma grave e irreversible, el cuerpo queda de inmediato sin vida, palidece, pierde calor y movimiento rápidamente y, de no mediar una acción médica tendiente a la recuperación de la función básica del corazón, el bombeo de la sangre a un ritmo determinado, al no haber un motor que sea capaz de bombear la sangre a los órganos, el hombre muere. La muerte se produce irremediablemente –tanto el cuerpo entero en su totalidad, como sus órganos, individualmente, mueren irremediablemente- si no hay función cardíaca. La sangre, bombeada por el corazón, se distribuye permanentemente, con cada latido cardíaco, llevando la vida a los órganos; interrumpir la actividad cardíaca, equivale a interrumpir la vida del hombre. Es por esto que decimos que el corazón es el centro vital del hombre, desde el punto de vista biológico.
Ahora bien, el corazón es centro vital también para las emociones, por cuanto, al ser “blanco” de diversas substancias que se liberan en determinadas situaciones –las catecolaminas-, su frecuencia, su ritmo y la cantidad, mayor o menor de sangre que expulsa por latido y por minuto, se modifican, en el sentido de acelerarse o de enlentecerse. Por ejemplo, es de experiencia cotidiana y al alcance de cualquier, que cuando existe algún peligro inmediato o inminente, el corazón late con más fuerza y con mayor ritmo, para bombear mayor cantidad de oxígeno y de sangre, sea a su cerebro, para que pueda pensar mejor acerca de las posibles respuestas frente al peligro, sea a sus extremidades, para que pueda moverse más ágilmente para huir del peligro que lo acecha. Además, el corazón refleja también la vida sensible y afectiva del hombre –derivación de la vida espiritual-, porque late con más energía cuando el hombre está enamorado, por ejemplo, o bien se enlentece cuando lo invade la tristeza. Por esto es que decimos que, biológicamente, el corazón es el centro de la vida biológica; de manera simbólica, es el centro de las emociones y también el centro de los afectos sensibles, por cuanto es “blanco” del afecto –del verdadero afecto-, surgido del amor espiritual. Es decir, el corazón, de una manera u otra, es, simbólicamente, el centro de la vida emocional, afectiva y espiritual, al igual que es, realmente, el centro de la vida biológica del cuerpo y, por lo tanto, de su bienestar. Es éste el sentido de la palabra “corazón” para los hebreos: no se limita al solo plano biológico o afectivo, sino que designa “lo interior”, algo mucho más amplio que los meros sentimientos (2Sa 15, 13; Sal 21, 3)[2]. Para el hebreo, el corazón comprende, además de los sentimientos, los recuerdos, los proyectos, las decisiones e incluso la capacidad de pensar y los pensamientos. En Eclesiástico 17, 6, Dios da al hombre “un corazón para pensar”; el salmista evoca “los pensamientos del corazón” de Dios mismo, es decir, su plan de salvación (Sal 33, 11)[3]. En Proverbios, la expresión “dame tu corazón”, puede significar “préstame atención” (Prov 23, 6), mientras que el “corazón endurecido, significa un espíritu cerrado al bien, que obra el mal.
         Entonces podemos decir, haciendo una analogía con las funciones biológicas que, desde el punto de vista emocional, afectivo y espiritual, el corazón es el símbolo de la vida y del amor: así como biológicamente el corazón es sinónimo de vida y también de amor, porque los afectos se reflejan en él, también podemos afirmar lo mismo, desde el punto de vista espiritual y afectivo, lo cual se refleja en expresiones cotidianas, como “hombre sin corazón” o, en el sentido opuesto, “hombre de gran corazón”. En otras palabras: así como  es, desde el punto de vista biológico, el órgano que da vida y refleja el bienestar del cuerpo del hombre, así también podemos decir que para el hombre el corazón es, espiritual y afectivamente y de modo simbólico, el centro de su vida espiritual y el origen del amor: así, decimos que un hombre “no tiene corazón” cuando ese hombre obra de forma contraria a la vida, cuando sus obras son faltas de caridad, de compasión, de misericordia; decimos que ese hombre “no tiene corazón”, porque espiritual y afectivamente no tiene aquello que brota del corazón, el amor y la vida. Un hombre “sin corazón”, espiritual y afectivamente hablando, es un hombre despiadado, inmisericorde, que obra obras de muerte y no de vida y amor, que no posee el efluvio de vida y amor que brota de su centro espiritual vital.
Es a esto a lo que se refiere Jesús cuando dice que “es del corazón del hombre de donde salen toda clase de obras malas” y que “es lo que lo hace impuro” (cfr. Mt 15, 15ss). Una expresión equivalente es la de “hombre de corazón malo”.
Por el contrario, con la expresión “hombre de gran corazón”, queremos significar a una persona, hombre o mujer, cuyas obras reflejan aquello que simboliza el corazón: amor y vida. Un hombre “de gran corazón” significa alguien que posee un centro vital interior, espiritual, del cual brotan o fluyen obras de vida y de amor. Con la expresión “gran corazón” no queremos significar a una persona que tiene buenos afectos: queremos indicar a alguien que, en su interior, en su alma, posee un centro que emana vida y amor –vida y amor no meramente sensible, sino espiritual-, y es este centro interior, espiritual, fuente de vida interior y de amor espiritual, al que llamamos simbólicamente con el nombre de “corazón”. Un hombre de gran corazón será por lo tanto, aquel que posee un centro espiritual interior de vida y amor, un centro (acto de ser) del cual fluyen la vida y el amor, y este centro se simboliza con el corazón.
         Entonces, resumiendo: biológicamente, el corazón es centro de la vida y “blanco” del amor del hombre; espiritual y afectivamente, el corazón es símbolo de vida y de amor.
         De manera análoga, podemos decir que Dios tiene un “centro” (su Acto de Ser divino) que es fuente de vida y de amor divinos; es decir, también de Dios podemos decir que tiene un Corazón, que es único para el Padre y el Hijo, de donde brota el Espíritu Santo, llamado “prenda”, “don”, “hálito”, “aliento” de Amor[4]. Entonces, como dice un autor, “lo que es el corazón para el ser sensible, es en Dios la infinita plenitud de amor y de vida” divinos, que brotan del Ser trinitario[5].
¿Cómo trasladamos estas consideraciones a la Eucaristía y a la Iglesia, para poder afirmar que “la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia?
         Podemos hacer esta afirmación desde el momento en que consideramos que la Eucaristía es Cristo y Cristo es el Hombre-Dios, y de su Corazón -que es el Corazón del Logos- contenido en la Eucaristía, surge y brota “la savia de vida y amor divinos, el Espíritu Santo”[6]. Es decir, porque Jesús es Dios Hijo, y porque Él está Presente en la Eucaristía con su Sagrado Corazón, y como de su Sagrado Corazón brota la vida y el amor divinos, el Espíritu Santo, la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia, de donde la Iglesia recibe, del Sagrado Corazón de Jesús, lo que de Él brota como de una fuente inagotable: vida y amor divino. En la Eucaristía, el Sagrado Corazón transmite la vida y el amor a su Cuerpo Místico, la Iglesia, mediante los sacramentos de la Iglesia, que funcionan así como las arterias que distribuyen la vida y el amor al Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados[7].
         Es decir, de manera análoga a como en el hombre el corazón es el centro de la vida biológica o física, además de ser el símbolo de la vida espiritual, emocional y afectiva –el amor-, en la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, la Eucaristía, que es Cristo con su Sagrado Corazón, es la fuente de la vida y del amor divinos, porque Él espira el Espíritu Santo en la comunión Eucarística, y el Espíritu Santo es fuente de vida y de amor sobrenaturales, divinos, celestiales.
         Al igual que el corazón de un hombre, que le comunica a su cuerpo vida, así también la sunción de la Eucaristía, del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, comunica fuerza de vida divina[8], además de alegría y gozo de vida divina[9], y prepara para la visión beatífica[10].
         Ahora bien, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús comunica vida y amor, pero no una vida y un amor naturales, como la vida que tenemos y el amor humano que conocemos y del que nosotros mismos somos capaces: el Corazón Eucarístico de Jesús nos comunica una vida y un amor que son sobrenaturales, porque nos comunica al Espíritu Santo, que es vida y amor divinos. Y porque nos comunica al Espíritu Santo, por la comunión eucarística, nos comunica también de su alegría, que no es la alegría humana, creatural, terrena, que conocemos bien, sino una alegría distinta, sobrenatural, celestial, de origen divino, la alegría misma del Espíritu de Dios. Y por estas mismas razones, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús nos prepara, ya desde la tierra, para vivir en la alegría de la eterna bienaventuranza.
Del Corazón de Cristo se derrama sobre su Iglesia, su Esposa, el río de sangre vivificador, como del costado de Adán salió Eva[11] y ese río de Sangre vivificador es vivificador, porque contiene al Espíritu Santo. El Sagrado Corazón de Jesús contiene al Espíritu Santo, Fuego de Amor Divino, Fuego que es vida y amor de Dios, y ésa es la razón por la cual el Sagrado Corazón se le aparece a Santa Margarita envuelto en llamas. Ahora bien, esas llamas, que son símbolo y figura del Amor de Dios que inhabita al Sagrado Corazón, Jesús nos lo da, no en un sentido figurado, o como una mera expresión de deseos, sino que nos lo comunica en la comunión eucarística, de manera tal que el alma dispuesta por la gracia, por la fe y por el amor, al contacto con esas llamas, se ve inflamada en el Fuego del Divino Amor, así como una tabla de madera reseca combustiona al instante al contacto con las llamas abrasadoras de un incendio, o como un hato de hierbas secas se convierte en llamas, al contacto con la mera chispa de un fuego encendido.
Entonces, si en el hombre el corazón transmite vida y es el centro del amor, mucho más lo es, en la Iglesia, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que transmite la vida y el Amor divinos, el Espíritu Santo. La vida divina y eterna, que nos comunica el Sagrado Corazón Eucarístico, nos la comunica a modo de germen, y es la que se desarrollará un día por completo, en la gloria[12]. Dice así Jesús a Sor Faustina: “Quiero decirte (…) que la vida eterna debe iniciarse ya aquí en la tierra a través de la Santa Comunión. Cada Santa Comunión te hace más capaz para la comunión con Dios por toda la eternidad”.
Para completar la analogía entre el hombre y su corazón, con la Iglesia y la Eucaristía, consideremos qué sería de la Iglesia sin la Eucaristía: una Iglesia sin vida, sin amor, sin alma; un cadáver, un remedo de Iglesia, pero no la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo. Así como un hombre al que se le ha extirpado el corazón, está muerto, porque se ha convertido en cadáver al no haber un corazón que pueda bombear la sangre a los tejidos, así la Iglesia Católica, si no tuviera la Eucaristía, sería un cuerpo eclesial muerto, un cadáver viviente, que diría hablar de Dios, pero que estaría carente del Divino Amor. Sería como un “sepulcro viviente”, tal como la acusación de Jesús a los fariseos, que han olvidado que la esencia de la religión es la misericordia. Sin Eucaristía, sin la vida y el Amor divinos que brotan del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, la Iglesia sería sólo un cuerpo sin vida, sin amor, sin caridad, sin misericordia, sin compasión. Una Iglesia llena de fariseos, llena de “sepulcros vivientes”.
Por último, así como entre los amantes, el corazón es el efluvio de amor con el que los amantes quedan unidos entre sí, espiritualmente, así, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que nos comunica la efusión de su Sagrado Corazón, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, quiere unirnos y nos une a Él por el Amor, y así se constituye en el Milagro del Amor inefable de Dios para con nosotros, que por el Amor quiere unirse a nosotros del modo más íntimo que se pueda dar, el espiritual[13]. La pregunta es: si el Sagrado Corazón nos da el Amor de Dios que en Él inhabita, en cada comunión, ¿qué le damos nosotros a cambio, cuando comulgamos?
Meditación 2. “La fusión de los corazones: el Corazón Eucarístico de Jesús y el corazón del hombre, renovado por la gracia”.
A causa del pecado, el corazón del hombre se vuelve “duro” y “fuente de maldades” (cfr. Jn 15, 15ss). Pero “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y quiere comunicarle su Amor al hombre, y como Él es Amor que se comunica, que se auto-dona a sí mismo, quiere que el hombre le responda de la misma manera, con amor, y eso es lo que está expresado en los Mandamientos. De hecho, el Primer Mandamiento -el más importante de todos, porque el que cumple ese Mandamiento cumple toda la ley- manda amar con un triple amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo. Y luego, cuando ese Dios se encarne en Jesucristo, en la Persona del Hijo, dará un “nuevo mandamiento”, que también consiste en amar: “los unos a los otros, como Él nos ha amado” (cfr. Jn 13, 34), es decir, hasta la cruz, y por eso están incluidos, en primer lugar, los enemigos, porque Él nos amó siendo nosotros sus enemigos. Entonces, Dios, que es Amor, ama al hombre, y lo declara en los Mandamientos: quiere que el hombre lo ame, pero porque Él lo amó primero, desde la eternidad. Dios no quiere otra cosa del hombre que amarlo y ser amado a su vez por el hombre. Pero Dios no se contenta con una simple declaración de amor: porque ama al hombre, más, mucho más que simplemente declararle su Amor, Dios quiere unir, fusionar, su Corazón, sede de su Amor Divino –el Corazón único del Padre y del Hijo- con el corazón del hombre, para derramar en el hombre todo su Amor.
Dios quiere dar al hombre su Amor; con esta premisa, hay que establecer las diferencias con las que se dona el amor entre los hombres. Entre los seres humanos, aun cuando se trate del amor más puro, como el amor materno, el amor esponsal, el amor fraterno, el amor espiritual, hay un límite a la “transferencia del don del amor”, si podemos llamar así al proceso del enamoramiento y del don del amor mutuo entre los humanos. El don del Amor Divino se lleva a cabo de una manera análoga a como se da entre los humanos, pero de un modo inconcebiblemente superior.
Para entenderlo un poco más, pensemos en el amor materno, en el amor de una madre por su hijo recién nacido (y en el amor recíproco del hijo a la madre). La madre que ama a su hijo recién nacido, desea “trasfundir su propia vida –y su propio amor- y fundirla en la vida de su hijo y lo manifiesta mediante el beso”[14] que la madre da al hijo; recíprocamente, el hijo, que recibió la vida de su madre, desea hacer lo mismo –trasfundir su vida y su amor a la madre-, y para ello, lo expresa del modo más puro y delicado, el beso que el recién nacido le da a la madre. No hay otra cosa que desee más el corazón materno que infundir, por así decirlo, nuevamente la vida en el fruto de su seno, su hijo, y esto lo expresa hace por medio del beso maternal[15].
Como dice un autor, “en este acto –el beso materno y el beso del hijo- se verifica la deseada unidad de vida y amor de la manera más perfecta y real, con el transfundirse el aliento de vida y la llama de amor que flamea en el corazón, de un corazón a otro, de un alma a otra alma. En el encuentro y fusión de su aliento de vida y amor –la espiración o suspiro del corazón-, se encuentran y se funden los corazones y las almas formando una misma vida, un solo corazón, un solo espíritu. Entre los esposos que se aman, el simple soplo –suspiro, espiración- por el cual los amantes, lejos aún el uno del otro, manifiestan su amor, ahora se transforma –en el beso- en completa entrega viva; y la entrega, mediante la cual aun personas distantes pueden pertenecerse, se transforma en compenetración viva, recíproca”[16].
Continúa este autor: “El aliento del corazón, o suspiro de amor, si se lo concibe como hálito de vida, por cuanto mediante el mismo se comunica y se expresa en el beso la unidad de vida y amor anhelada por el amor, es más que un simple “soplo de amor”, y se convierte en análogon para la tercera Persona de la divinidad”[17], porque el aliento del Corazón de Dios, el soplo de amor, se constituye, en Dios, en una Persona, la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo. Es este “soplo de Amor Divino”, que es la Tercera Persona, lo que Dios nos comunica por Jesús. Es decir, en el hombre, el suspiro de amor o hálito del corazón, por el cual una persona quiere comunicar su vida y fundirla a la otra –madre a hijo, esposo a esposa-, con todo el amor que esto exprese, no puede verificarse en la realidad, por cuanto el aliento del corazón no constituye a una nueva persona; en cambio, en Dios, el aliento de amor o suspiro de amor, que surge del corazón único de Dios –corazón del Padre y del Hijo- sí constituye a una Persona, la Tercera Persona de la Trinidad, y es esta Persona –cuyo nombre, por eso, es “espiración”, “prenda”, “don” y “beso”-, la Persona-Amor de la Trinidad, la que es comunicada por el Padre y el Hijo. En otras palabras, mientras los hombres no pueden formar una persona por más intenso que sea su amor, para donar al otro su más perfecto amor, y así su corazón humano sólo “espira un soplo de amor”, sin constituir persona, en Dios, en cambio, el “soplo de Amor” del Corazón único del Padre y del Hijo, constituye una Persona, la Tercera, el Espíritu Santo, en el que se expresa y contiene todo el Divino Amor que el Padre experimenta por el Hijo y el Hijo por el Padre, y es ésta Tercera Persona la que se nos comunica por el Hijo.
En efecto, a diferencia de los amantes de la tierra –los esposos que se aman entre sí; una madre que ama a su hijo, el amor entre hermanos-, que no pueden “transfundir” su amor y mucho menos a sí mismos, al amado, aun cuando lo desearan hacerlo, Dios sí puede hacerlo: Dios se dona todo entero, todo sí mismo, todo su Ser divino trinitario, toda su esencia divina, toda su divina substancia y todo su Amor, al hombre, sin reservarse nada para sí. Es por eso que busca, en el hombre, la reciprocidad en el don de amor que ha hecho al hombre. La novedad en el amor entre Dios y el hombre, entonces, es que Dios, por amor, se dona todo a sí mismo, sin reservas: su Ser trinitario, su esencia, su substancia, que es Amor: “Dios es un piélago de substancia infinita”, dice Santo Tomás de Aquino. Es decir, Dios, cuando ama –y ama al hombre, con amor de predilección, por encima de todas sus creaturas, al punto de encarnarse en una naturaleza humana-, como muestra de este amor, se dona todo a sí mismo, sin dejarse nada para sí. Dice Jesús a Sor Faustina: “Debes saber, hija mía, que me es agradable el ardor de tu corazón (es decir, el “ardor” o “amor” del corazón: a Jesús le agrada el amor del corazón de Santa Faustina) y cómo tú deseas ardientemente unirte a Mí en la santa comunión, así también Yo deseo donarme entero a ti (lo dice el mismo Jesús: en la comunión, Él se nos dona “todo entero”, sin reservas, por eso es que “exige” de nosotros, esa reciprocidad en el amor) y en recompensa de tu celo, descansa junto a Mi Corazón”. Pero a pesar de esta donación, en su totalidad, del Amor trinitario, el hombre no responde recíprocamente: caído en el pecado original, el hombre busca otros amores, relegando a Dios y dejándolo de lado, reemplazándolo por otros amores. El corazón del hombre está endurecido como una piedra, y de su interior sólo salen cosas malas; en ese estado, es imposible que pueda corresponder al Don del Amor Divino. Pero aún antes de la caída original, antes de que el hombre quede en el estado actual, que es el estado del pecado original, ya el hombre, creado en gracia y en amistad con Dios, prefiere, en el inicio del “misterio de iniquidad”, escuchar a la voz de la Serpiente Antigua, que le ofrece al hombre el espejismo de felicidad que consiste en el amor egoísta de sí, antes que escuchar la Voz de Dios, que por Amor le pedía que permaneciera en su amistad, y es así como se produce la caída original: porque el hombre, antes que responder al Divino Amor, donándose a sí mismo en reciprocidad prefiere, a expensas de la Serpiente, replegarse en el amor egoísta de sí mismo; prefiere adorarse y amarse a sí mismo, cayendo en la tentación luciferina de “ser como dioses”. Pero la única manera en la que el hombre pueda ser “como Dios”, es participando de su gracia y, por la gracia, unirse al Corazón del Redentor, que es el Corazón del Padre, Corazón único de Dios Trino, inhabitado por el Espíritu del Amor Divino, el Espíritu Santo. Sólo así el hombre se vuelve capaz de responder al Amor de Dios, uniéndose a Dios-Amor por la gracia. Al no hacerlo, su corazón, hecho para amar, se endurece ante la falta de amor, se vuelve frío y oscuro como un sepulcro y se vuelve refractario al don del Amor de Dios. El corazón endurecido, vuelto como una piedra como consecuencia del pecado original, sólo alberga oscuridad, ya que en él no habita la luz de Dios, luz que es Vida y Amor divinos, porque brota del Corazón de Dios.
Es por esto que, para lograr su objetivo, Dios debe Él mismo renovar al corazón del hombre, convirtiéndolo, de corazón de piedra, duro, frío, oscuro, en corazón de carne, un corazón que se vuelve similar al Corazón del Hombre-Dios y que, por lo tanto, se vuelve capaz de ser inhabitado por el Espíritu Santo: “Yo os purificaré. Yo os daré un corazón nuevo, pondré en vosotros un espíritu nuevo: quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36, 25ss). Dios se decide a cambiar al corazón humano, a convertirlo, de piedra, en carne, para que sea similar a su Corazón Encarnado y pueda así ser inflamado con el mismo Fuego de Amor Divino que envuelve al Sagrado Corazón. El Corazón de Dios encarnado, un corazón de carne, no puede fusionarse con un corazón de piedra; el corazón del hombre debe volverse de carne, para poder fusionarse con el Corazón de Dios encarnado; sólo así, se fusionarán uno y otro corazón, por medio de las llamas del Divino Amor, que inhabitan al Sagrado Corazón de Jesús. Esta fusión sobreviene en la comunión eucarística, en donde el Sagrado Corazón, con el Espíritu Santo que lo inhabita, está en Persona y no en figura.
¿Hasta qué grado llega la donación de sí mismo, de este Dios-Amor? Ya lo dijimos anteriormente: el Dios-Amor se dona todo a sí mismo, sin reservas. Pero para darnos una mejor idea de esta donación divina, recordemos una de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacquoque, en la que Jesús le pide el corazón a Santa Margarita, lo introduce en su pecho, “horno ardiente de caridad”, en donde Santa Margarita lo ve desaparecer como si fuera un átomo en una inmensa caldera de fuego, para devolvérselo, al mismo corazón de Santa Margarita, “en forma de llamas de fuego”. Es decir, el Sagrado Corazón, lo que hace con Santa Margarita, es incendiar al corazón con las llamas del Espíritu Santo –por eso dice Santa Margarita que se lo devuelve “con forma de llama”- y convertirlo en una copia del suyo –porque es, como el suyo, un corazón de carne, envuelto por las llamas del Divino Amor-. Hasta ahí, lo que hace Jesús con Santa Margarita y su corazón y todos los autores de espiritualidad coinciden en afirmar el altísimo grado de espiritualidad mística de la santa.
Sin embargo, con nosotros, en la comunión eucarística, hace algo infinitamente más grandioso, algo infinitamente más maravilloso, algo infinitamente más hermoso, que el don que le hace a Santa Margarita: a la santa, sólo le transformó su corazón, un corazón de carne, en una copia semejante a su Sagrado Corazón, esto es, un corazón envuelto en las llamas del Divino Amor. Jesús le hizo este don, pero el corazón de Santa Margarita seguía siendo su corazón, y el de Jesús, el de Jesús. En la comunión eucarística, Jesús, mucho más que convertir nuestros corazones de piedra en corazones de carne, para que sean inhabitados por el Espíritu Santo y así se conviertan en una imagen viviente del Sagrado Corazón –lo cual es un don grandísimo-, nos da su propio Sagrado Corazón, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, inhabitado por la Persona Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo. Debemos repetirlo nuevamente: en la comunión eucarística, nos da su propio Corazón, el Sagrado Corazón; nos da su Corazón de Hombre-Dios, lleno del Espíritu Santo, lleno del Amor Divino, lleno de la Divina Misericordia, para que dispongamos de Él como lo que es, un don personal, individual, hecho a cada uno de nosotros, cuando lo recibimos en la Eucaristía.
Lo que recibimos en la Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que derrama sobre nuestras almas al Divino Amor y a la Divina Misericordia, y es esto lo que Jesús le dice a Sor Faustina: “A través de ti, como a través de esta Hostia, los rayos de la misericordia pasarán al mundo”[18]. Los rayos de misericordia de Jesús brotaron de su Corazón traspasado, y en la Hostia está ese mismo Corazón traspasado, del cual salen los rayos de la Divina Misericordia: “A través de ti, como a través de esta Hostia, los rayos de la misericordia pasarán al mundo”. “Como a través de esta Hostia”: de cada Hostia brotan los rayos de misericordia, como brotaron del Corazón de Jesús, cuando fue traspasado por la lanza, porque la Hostia es el mismo Corazón de Jesús, oculto en apariencia de pan. 
Y nos lo da, arriesgándose a lo que eso significa: a que lo recibamos, como lo recibimos habitualmente, con indiferencia, con frialdad, pensando en otras cosas, sin amor, o amando otras cosas que no sean Él; peor aún, hay quienes lo reciben con la lengua con la cual acaban de denostar a su prójimo, imagen viviente de Dios Encarnado; hay quienes lo reciben, en vez de con amor, con rencores, con odios, con bajezas y vilezas de todo tipo. Es decir, los hombres, en vez de responder al don que de sí mismo hace el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús en cada Eucaristía, con amor y con la entrega total de nuestro ser en cada comunión eucarística, lo recibimos, en el mejor de los casos, como si fuera un pancito bendecido, a ser consumido con apuro, para que la Misa finalice lo antes posible y podamos dedicarnos a nuestros asuntos. A esta recepción nuestra al Sagrado Corazón Eucarístico en la comunión -indiferente, fría, e incluso hasta con malicia-, es a lo que se refiere Jesús cuando le dice a Sor Faustina Kowalska: “Muchas veces tengo que retirarme de un corazón, sin poder dejar ninguno de mis dones, porque están distraídos”. “Oh cuanto me duele que muy rara vez las almas se unan a Mí en la Santa Comunión. Espero a las almas y ellas son indiferentes a Mí. Las amo con tanta ternura y sinceridad, y ellas desconfían de Mí. Deseo colmarlas de gracias y ellas no quieren aceptarlas. Mi Corazón está lleno de Amor y Misericordia”[19].
Finalizamos esta meditación con un texto de San Agustín, en donde se nos dice que, a los cristianos, es connatural el ser atraídos por Cristo, “Pan del cielo”. Además de esta expresión y de este concepto, en este escrito, San Agustín habla del “corazón amante”, que es el que se deja atraer libremente por el Pan del cielo, que es Jesús; es decir, utiliza la expresión “corazón”, en el mismo sentido en el que la hemos utilizado nosotros anteriormente, como un centro espiritual interior, fuente de vida y de amor que, en este caso, se deja atraer libremente, por el centro de Vida y de Amor eternos que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.
Dice así San Agustín: “Nadie puede venir a mí, si no es atraído por el Padre. No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por el amor. Ni debemos temer el reproche que, en razón de estas palabras evangélicas de la Escritura, pudieran hacernos algunos hombres, los cuales, fijándose sólo en la materialidad de las palabras, están muy ajenos al verdadero sentido de las cosas divinas. En efecto, tal vez nos dirán: “¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído?” Y yo les respondo: “Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer”.
San Agustín nos dice que “ser atraídos por Dios” –que está en la Eucaristía-, no es contrario a la voluntad, porque “el alma, dice el santo doctor- es atraída por el amor”. Y si alguien es atraído por el amor, entonces es atraído libremente y con placer, porque el alma se dirige libremente, para buscar al Amor de Dios, fuente de su placer. Este Amor de Dios, que concede al alma la plenitud de su placer y la atrae libremente, se encuentra todo, en su plenitud, en la Eucaristía. Es esto lo que dice el santo en este otro párrafo:
“¿Qué significa ser atraídos con placer? Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Por otra parte, si el poeta pudo decir: “Cada cual va en pos de su apetito”, no por necesidad, sino por placer, no por obligación, sino por gusto, ¿no podremos decir nosotros, con mayor razón, que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es Cristo?”.
Aquí, usa la expresión “pan del cielo dulcísimo” para referirse a aquello que, lleno del Amor de Dios, atrae al alma libremente y con placer, y este “Pan del cielo, dulcísimo”, no es otra cosa que el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.
“Cada cual va en pos de su apetito”: el hombre tiene un apetito de Dios impreso en el alma, de manera tal que, desde que es creado, desde que es concebido, desde que nace, el hombre tiene “hambre de Dios”, y este hambre se satisface plenamente con el Pan Eucarístico, el Verdadero Maná bajado del cielo. Por eso, para el cristiano, “ser atraídos” por la Eucaristía, no es algo contrario a él, sino que en la Eucaristía encuentra la plena satisfacción de sus deseos de Amor, Paz, Alegría, Vida, Justicia, Sabiduría.
Continúa San Agustín: “¿Acaso tendrán los sentidos sus deleites y dejará de tenerlos el alma? Si el alma no tuviera sus deleites, ¿cómo podría decirse: Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz?”.
Por medio de una pregunta retórica, San Agustín nos enseña que el alma tiene sentidos y que, al igual que el cuerpo, que tiene sentidos que se deleitan con lo bello, bueno y verdadero, así el alma, con sus sentidos, se deleita en Dios, que es a quien hace referencia el salmo: “Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz”. El alma encuentra sus delicias en Dios, pero como ese Dios se ha encarnado, muerto y resucitado y nos ofrece su Corazón glorioso en la Eucaristía, es en la Eucaristía en donde los sentidos del alma encuentran su deleite, porque allí el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús se dona sin reservas, con toda la riqueza de su Ser trinitario divino y con todo su Amor divino.
“Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo”.
Usa la expresión “corazón amante”, un “corazón inflamado en deseos”, un “corazón hambriento”, que se sienta “desterrado y solo en este mundo”, que “esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna”: es el corazón del cristiano, tomado en el mismo sentido en el que nos hemos expresado, como centro interior, fuente de vida y de amor, que busca, a su vez, la Vida y el Amor divinos, que se encuentran en la Eucaristía.
Y ahora ejemplifica, con ejemplos tomados de la vida cotidiana, para hacernos ver que el alma del cristiano es atraída de modo connatural por Cristo, cuyo Sagrado Corazón está en la Eucaristía. Entonces, es connatural para el cristiano, sentirse atraído por la Eucaristía:
“Muestra una rama verde a una oveja y verás cómo atraes a la oveja; enséñale nueces a un niño y verás cómo lo atraes también y viene corriendo hacia el lugar a donde es atraído; es atraído por el amor, es atraído sin que se violente su cuerpo, es atraído por aquello que desea. Si, pues, estos objetos, que no son más que deleites y aficiones terrenas, atraen, por su simple contemplación, a los que tales cosas aman, porque es cierto que “cada cual va en pos de su apetito”, ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia que la verdad? ¿De qué otra cosa el hombre está más hambriento? Y ¿para que desea tener sano el paladar de la inteligencia sino para descubrir y juzgar lo que es verdadero, para comer y beber la sabiduría, la justicia, la verdad y la eternidad?”.
Por último, San Agustín cita las Bienaventuranzas, en donde se llama “dichoso” a quien tiene “hambre y sed de ser justos”, porque serán saciados en el cielo. Pero luego dice, implícitamente, haciendo hablar a Dios, que ya aquí, en la tierra, da a los cristianos “lo que aman”, “lo que desean”, y es el Pan Eucarístico, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, al cual luego contemplarán en el cielo:
“Dichosos, por tanto, dice, los que tienen hambre y sed de ser justos -entiende, aquí en la tierra-, porque -allí, en el cielo- ellos quedarán saciados. Les doy ya lo que aman, les doy ya lo que desean; después verán aquello en lo que creyeron aun sin haberlo visto; comerán y se saciarán de aquellos bienes de los que estuvieron hambrientos y sedientos. ¿Dónde? En la resurrección de los muertos, porque yo los resucitaré en el último día”[20].
Pero hay otra Bienaventuranza, proclamada por la Iglesia, desde el altar eucarístico, y es la Bienaventuranza de los que son “invitados a la Cena del Señor”: “Felices –dichosos, bienaventurados, benditos- los invitados a la Cena del Señor”[21], dice la Iglesia, por boca del sacerdote ministerial, luego de la consagración eucarística. Son dichosos, felices, bienaventurados, los que son invitados a alimentarse de la Eucaristía.
Habiendo considerado todas estas cosas, nos preguntamos: ¿qué otra cosa puede desear el cristiano, sino la Eucaristía y sólo la Eucaristía?
Meditación 3. “Los milagros eucarísticos que muestran al Sagrado Corazón en la Eucaristía”.
En estos tres milagros eucarísticos en los que meditaremos –están dispuestos según su orden cronológico de aparición-, la Eucaristía se convierte en músculo cardíaco y en sangre humana. Dios hace estos signos visibles para expresar la realidad invisible y hace estos signos no en cualquier lugar, sino en el altar eucarístico, que es el punto central de la Iglesia; lo que nos quiere decir Dios, con estos signos visibles, sin palabras audibles, es lo siguiente: la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia. Es decir, si en el lugar más importante de la Iglesia, el altar eucarístico –y también el sagrario- se aparece un Corazón, en donde tendría que estar la Hostia, entonces este Corazón es el Corazón de Jesús, y el Corazón de Jesús, la Eucaristía, es el Corazón de la Iglesia, es su centro espiritual, fuente de vida y de amor divinos.
El milagro de Lanciano[22].
Este milagro eucarístico se origina también, como el Bolsena, en la duda de un sacerdote acerca de la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Luego de la consagración, en la que se pronuncian las palabras que hacen posible la transubstanciación, la Hostia consagrada se convirtió en un trozo de músculo cardíaco, en tanto que, en el cáliz, el Vino consagrado se convirtió en sangre fresca, que se coaguló en cinco coágulos de diferentes tamaños. Siglos después, se comprobaría, por medio de análisis químicos y científicos, de laboratorio, que el músculo era músculo perteneciente al ventrículo y que la sangre era sangre humana, del tipo predominante en Palestina. Así, el cielo confirmaba, con este grandioso milagro, la realidad de la Eucaristía, la de ser el Corazón de la Iglesia, porque es el Corazón de Jesús, que se dona en su totalidad, con todo su Amor.
         Éste es el relato del milagro eucarístico de Lanciano: “La pequeña ciudad de Lanciano se encuentra a 4 kilómetros de Pescara Bari (Italia), que bordea el Adriático. En el siglo VIII, un monje basiliano, después de haber realizado la doble consagración del pan y del vino, comenzó a dudar de la presencia real del Cuerpo y de la Sangre del Salvador en la hostia y en el cáliz. Fue entonces cuando se realizó el milagro delante de los ojos del sacerdote; la hostia se tornó un pedazo de carne viva; en el cáliz el vino consagrado en sangre viva, coagulándose en cinco piedrecitas irregulares de forma y tamaño diferentes.
Esta carne y esta sangre milagrosa se han conservado, y durante el paso de los siglos, fueron realizadas diversas investigaciones eclesiásticas.
Verificación del milagro.
Quisieron en la década de 1970, verificar la autenticidad del milagro, aprovechándose del adelanto de la ciencia y de los medios que se disponía. El análisis científico de aquellas reliquias, que datan de trece siglos, fue confiado a un grupo de expertos. Con todo rigor, los profesores Odoardo Linoli, catedrático de Anatomía, Histología Patológica, Química y Microscopia clínica, y Ruggero Bertelli, de la Universidad de Siena efectuaron los análisis de laboratorio. He aquí los resultados:
La carne es verdaderamente carne. La sangre es verdaderamente sangre. Ambos son sangre y carne humanas. La carne y la sangre son del mismo grupo sanguíneo (AB). La carne y la sangre pertenecen a una persona VIVA.
El diagrama de esta sangre corresponde al de una sangre humana que fue extraída de un cuerpo humano ese mismo día. La carne está constituida por un tejido muscular del corazón (miocardio). La conservación de estas reliquias dejadas en estado natural durante siglos y expuestas a la acción de agentes físicos, atmosféricos y biológicos, es un fenómeno extraordinario.
Uno queda estupefacto ante tales conclusiones, que manifiestan de manera evidente y precisa la autenticidad de este milagro  eucarístico.
Otro detalle inexplicable: pesando las piedrecitas de sangre coaguladas, y todas son de tamaño diferente, cada una de éstas tiene exactamente el mismo peso que las cinco piedrecitas juntas.  
Conclusiones. ¡Cuántas conclusiones, cuántas ideas y profundizaciones sobre los designios de Dios podemos sacar del milagro de Lanciano!
1. Precisamente cuando los soberbios afirman: "La ciencia enterró la religión, la Iglesia y la oración, que son cosas superadas. Nada de esto es importante". Para éstos el milagro de Lanciano es una respuesta categórica. Es justo la ciencia, con sus recursos actuales que vienen a probar la autenticidad del milagro. ¡Y qué milagro!
2. Realmente un milagro destinado a nuestro tiempo de incredulidad. Pues, como dice San Pablo, los milagros no están hechos para aquellos que creen, sino para los que no creen. Precisamente en este tiempo, cuando un cierto número de cristianos duda de la Presencia Real, admitiendo solo una Presencia espiritual de Cristo en el alma del que comulga, la ciencia la comprueba con una evidencia de un milagro que dura ya más de trece siglos.
3. La iglesia de Lanciano, donde se produjo el milagro, está dedicada a San Longinos, el soldado que traspasó el Corazón de Cristo con la lanza, en la cruz. ¿Coincidencia?
4. La constatación científica por los expertos de que se trata de carne y sangre de una persona viva, viviente en la actualidad, pues esta sangre es la misma que hubiese sido retirada en el mismo día, de una persona viva.
5. Por lo tanto es la misma carne viva, no carne de un cadáver, sino una carne animada y gloriosa, que recibimos en la Eucaristía, para que podamos vivir la vida de Cristo.
6. Un hecho impresionante: la carne que está allí es carne del corazón. No es un músculo cualquiera, pero del músculo que propulsiona la sangre y, en consecuencia, la vida.
7. Las proteínas contenidas en la sangre están normalmente repartidas en una relación de porcentaje idéntica al del esquema proteico de la sangre fresca normal”[23].
Para nosotros, cincuenta años, medio siglo, es prácticamente una vida. Trece siglos nos parecen una eternidad y es tal vez con esta sensación ya de eternidad que "sentimos" el milagro de Lanciano, donde Dios permitió la comprobación por la ciencia de los hombres de sus palabras omnipotentes: ESTO ES MI CUERPO, ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO.
La siguiente información se encuentra en la monografía del Profesor Linoli, docente de anatomía e histologia patológica y citogénetica, publicada después de la última investigación científica de la Carne y de la Sangre milagrosa en 1970 y revisada en el año 1991.
Información aportada por la Cardióloga Italiana Marina De Cesare, quien participó en la investigación del milagro.
Después de varias investigaciones, hoy el Milagro Eucarístico se conserva en la Iglesia de San Francisco, en un precioso relicario de plata.
En particular, la Carne tiene una forma redondeada, con un diámetro de entre 55 y 60 mm., de un color entre amarillo oscuro y marrón. La lámina de tejido se presenta sutilizada y ampliamente lacerada en la parte central, debido a su retiro hacia el borde externo, donde se encuentra levantada en pliegues. Es evidente que se trata de un órgano con cavidad, visto en sección trasversal, histológicamente reconocido como corazón. La parte inferior, más espesa, puede ser identificada como ventrículo izquierdo; la parte superior, más delgada como es habitual, puede ser identificada como el ventrículo derecho. A lo largo de los siglos, la Carne milagrosa ha sido objeto de manipulaciones reiteradas que han llevado a la pérdida de partes centrales como la pared interventricular, de la cual sólo han quedado rastros en la base, entre los dos ventrículos. Además, la única cavidad actual fue perdiendo agua, con la consiguiente momificación y reducción de dimensiones.
La Sangre del Milagro Eucarístico, contenida dentro de un antiguo cáliz de vidrio, se presenta bajo el aspecto de 5 fragmentos del peso total de 15.18 gramos, de color amarillo-marrón y de consistencia uniformemente dura.
El estudio realizado en los años 1970-1971 fue dirigido a:
1) averiguar la estructura histológica del tejido considerado Carne;
2) definir si la sustancia considerada Carne responde a las características de ésta;
3) establecer a qué especie histológica pertenecen la Carne y la Sangre;
4) precisar en los dos tejidos el grupo sanguíneo;
5) indagar sobre los compuestos proteicos y minerales de la Sangre.
1) Estudio Histológico de la antigua Carne de Lanciano
Los pequeños fragmentos extraídos del tejido momificado han sido sometidos a estudios histológicos según métodos clásicos de investigación: coloraciones sobre secciones miotómicas (Mallory, Van Gieson, método de Ignesti, impregnación con plata según Gomori, entre otros) y sucesivo examen en el microscopio electrónico.
El tejido aparece compuesto de fibrocélulas ( = células que componen el tejido muscular) orientadas en sentido longitudinal, oblicuo y trasversal. Las mismas fibrocélulas ponen en evidencia, con mayores agrandamientos, una estructura fibrilar longitudinal, que lleva al reconocimiento de tejido muscular estriado. Las fibras aparecen organizadas en uniones sincítícas, o sea a través de bifurcaciones y recíprocas uniones en los extremos.
Las características antes descriptas conllevan al diagnóstico de tejido miocárdico. De hecho, la orientación de las fibrocélulas y la agregación sincitíca se encuentran sólo en el músculo cardíaco : el corazón, durante la contracción, realiza movimientos complejos de torción, contracciones desde abajo hacia arriba y desde el exterior hacia el interior de la cavidad ventricular. El trabajo resultante tiene como finalidad la expulsión de la sangre desde la cavidad ventricular hacia las grandes arterias. Los músculos esqueléticos no necesitan de tan compleja organización, ya que están constituídos de fibrocélulas dispuestas según la misma orientación. En los fragmentos histológicos se han evidenciado también otras estructuras, típicas del corazón: un lóbulo de tejido adiposo, ramificaciones nerviosas que pertecen a un nervio vago (que regula la frequencia de la pulsación cardíaca) y finalmente estructuras endocardíacas (tejido que reviste internamente el corazón y sus válvulas), ausentes en otros tejidos musculares. Finalmente se evidenciaron estructuras vasculares de tipo arterioso y venoso normales, que no presentan alteraciones estructurales, que más bien pertenecen a un individuo sano y joven.
Es necesario también precisar que no se relevaron sustancias momificantes, las cuales eran empleadas para conservar los tejidos.
Conclusión: el tejido de la antigua Carne de Lanciano partenece a un Corazón. Un Corazón sano.
2) Examen microscópico y microquímico de la antigua Sangre de Lanciano.
Sobre secciones en el micrótomo no aparecen elementos celulares. Los estudios microquímicos han arrojado resultados contrastantes comparando la muestra en examen y sangre humana disecada.
3) Búsqueda cromotográfica de la hemoglobina en la antigua Sangre.
La prueba realizada tanto en la muestra en cuestión como en otras muestras de referencia, demostró la real naturaleza hematosa de la antigua Sangre de Lanciano.
Dicha prueba tiene plena validez para el reconocimiento de la sangre aún en el caso de materiales danados a lo largo del tiempo, que pueden presentar resultados contrastantes con respecto a los exámenes anteriormente mencionados.
4) Definición inmunológica de la especie a la que pertenecen la antigua Sangre y la antigua Carne de Lanciano.
Los tejidos en examen han sido analizados con sueros antiproteína humana, sueros de conejo y sueros de buey.
Conclusión: las pruebas de precipitación han demostrado que la Sangre y la Carne del Milagro Eucaristico de Lanciano pertenecen a la especie humana.
5) Determinación del grupo sanguineo en la antigua Sangre y en la antigua Carne de Lanciano.
Las pruebas empleadas para la determinación del grupo sanguíneo (ABO) han manifestado que tanto la Sangre como la Carne de Lanciano pertecen al grupo AB.
6) Análisis electroforético de las proteinas de la antigua Sangre de Lanciano.
La composición porcentual de las proteínas en el líquido en examen repite los valores conocidos para el suero de sangre humana normal:
albúmina = 61% ;
globulinas alfa-1 = 2,38% ;
globulinas alfa-2 = 7,14% ;
globulinas beta = 7,14% ;
gamma = 21,42%.
La relación albúmina-globulina resulta ser del 1,62% siendo el valor normal de entre 1,13 y 1,73.
Las proteínas fraccionadas de la muestra en examen presentan entonces una curva electroforética parecida a la sangre fresca normal (un suero de sangre no se puede utilizar con fines electroforéticos después de los 2-4 días de refrigerado).
7) Determinación de los minerales (calcio, cloruros, fósforo, magnesio, potasio, sodio) en la antigua Sangre de Lanciano.
Con respecto a las muestras de sangre humana normal disecada, el porcentaje de minerales resultaron alteradas por el contacto con la pared de vidrio del contenedor y por la exposición al polvo de mampostería rico en sales de calcio.
Consideraciones finales
Los resultados de la investigación efectuada sobre fragmentos de la Antigua Sangre y de la antigua Carne que se conoce tradicionalmente con el nombre de Milagro Eucarístico de Lanciano (siglo VIII), se resumen en los siguientes puntos:
- La Sangre es efectivamente tal;
- La Carne pertenece al miocardio;
- La Carne y la Sangre pertenecen a la especie humana;
- El grupo sanguíneo identificado tanto en la Sangre como en la Carne es de tipo AB,
- El examen electroforético de las proteínas de la Sangre se acerca al examen en el suero fresco.
El diagnóstico histológico de miocardio hace que sea poco aceptable la hipótesis de un “falso”. De hecho sólo una mano experta en disección anatómica hubiese podido obtener del corazón (órgano cavo) de cadáver una rebanada uniforme y continua, considerando que las primeras disecciones anatómicas sobre el hombre fueron posteriores al 1300.
Además las perforaciones por clavos presentes en el contorno, llevan a deducir que el fragmento de corazón aparecido en el altar de la iglesia de Lanciano estuviese en estado vivo y entonces tendiese, por “rigor mortis” , a retraerse concéntricamente cuestión a la que se opusieron los monjes basilianos, clavando en una tablilla de madera la sección de corazón. En tal modo, el hecho de retraerse centrífugamente ha lacerado el tejido en su parte central, como ya se ha dicho.
Un fragmento de miocardio y de coágulos hemáticos, dejados en el estado natural durante siglos y además expuestos a la acción de los agentes físicos atmosféricos, ambientales y parasitarios, llegaron a nosotros así, inexplicablemente inalterados aún después de más de un milenio, para someterse a las investigaciones científicas de las que sólo hoy, después de siglos de historia, disponemos.
El milagro que dio origen a Corpus Christi: Bolsena-Orvieto, Italia[24].
En este milagro eucarístico -sucedido en Bolsena, Italia, en el año 1264 y que es el que dio origen a la fiesta de Corpus Christi en la Iglesia universal-, la Hostia se convirtió, luego de haber sido pronunciadas las palabras de la consagración, en músculo cardíaco, pero no un músculo cardíaco sin vida, sino vivo, y tan vivo, que sangraba abundantemente, tal como si, en una cirugía torácica, un cirujano tuviera en sus manos al corazón del hombre que está operando. La Hostia se convirtió en músculo cardíaco en su totalidad, pero no en el sector de la Hostia que estaban en contacto con los dedos del sacerdote consagrante, y esto, para demostrar que la Hostia que consagraba el sacerdote, era la misma Hostia que se convertía en músculo cardíaco. El sacerdote estaba tocando el Corazón de Jesús y lo ofrecía al Padre, en expiación por nuestros pecados; lo que hizo el milagro, fue volver visible y sensible, una realidad sobrenatural, invisible e insensible, pero no por eso, menos real y sobrenatural. La sangre que brotaba del corazón, se virtió en el cáliz y en tal cantidad, que desbordó el cáliz, manchó el corporal y cayó al pavimento, dejando manchadas las baldosas, una de las cuales, se conserva, hasta la actualidad, como reliquia. La Sangre era la Sangre del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que brotaba como de una fuente inagotable, para vertirse en el cáliz y así purificar nuestras almas. El milagro nos dice, sin palabras, que lo que el sacerdote ostenta luego de la consagración, es el Sagrado Corazón de Jesús, que derrama su Sangre en el cáliz, para nuestra salvación. Vemos, con este admirable milagro, que la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia, porque es el Corazón de Jesús.
Éste es el relato del milagro eucarístico de Bolsena: “Un sacerdote de Praga, encontrándose de viaje por Italia, celebró la Misa en la Basílica de Bolsena. En el momento de la consagración sucedió un Prodigio: la Hostia se transformó en carne. Este Milagro sostuvo la fe del sacerdote que dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Las Sagradas Especies fueron inmediatamente inspeccionadas por el Papa Urbano IV y por Santo Tomás de Aquino. El Pontífice decidió extender a toda la Iglesia Universal la fiesta del Corpus Domini “para que este excelso y venerable Sacramento fuese para todos un peculiar e insigne memorial del extraordinario amor de Dios por nosotros”. Las modernas investigaciones históricas confirman los más antiguos testimonios acerca del Milagro sucedido en el verano de 1264. Un sacerdote de Bohemia, Pedro de Praga, se dirigió a Italia con el fin de obtener una audiencia con el Papa Urbano IV, quien durante el verano se había trasladado a Orvieto, junto con sus cardenales y numerosos teólogos, entre ellos Santo Tomás de Aquino. Pedro de Praga, luego de haber sido recibido por el Papa, emprendió el camino de regreso hacia Bohemia, pero en el camino se detuvo en Bolsena, donde celebró la Misa en la iglesia de Santa Cristina. En el momento de la consagración, mientras el sacerdote pronunciaba las palabras que permiten la transubstanciación, sucedió el milagro, descrito así en una placa de mármol: “De pronto, aquella Hostia apareció visiblemente como verdadera carne de la cual se derramaba roja sangre excepto aquella fracción, que la tenía entre sus dedos, lo cual no se crea sucediese sin misterio alguno, puesto que era para que fuese claro a todos que aquella era verdaderamente la Hostia que estaba en las manos del mismo sacerdote celebrante cuando fue elevada sobre el cáliz”. Gracias a este milagro, el Señor fortificó la fe de Pedro de Praga, sacerdote de grandísima piedad y moral, pero que lamentablemente dudaba de la real presencia de Cristo velado en las Especies, es decir, en las apariencias sensibles del pan y del vino. La noticia del Milagro se difundió inmediatamente, y tanto el Papa como Santo Tomás de Aquino pudieron verificar el milagro. Luego de un atento examen, Urbano IV no sólo aprobó su autenticidad, sino también decidió que el Santísimo Cuerpo del Señor fuese adorado a través de una fiesta particular y exclusiva. Es así que decidió extender la fiesta del Corpus Domini, hasta ese momento únicamente fiesta de la diócesis de Liegi, a toda la Iglesia Universal. El Papa encargó a Santo Tomás la creación de la liturgia que acompañaría la Bula Transiturus de hoc mundo ad Patrem. En ella, se exponen las razones de la importancia de la Eucaristía, es decir, la presencia real de Cristo en la Hostia”.
El Milagro Eucarístico de Buenos Aires, con el Papa Francisco como Cardenal[25].
En este milagro eucarístico, se repite el prodigio: la Hostia consagrada se convierte en músculo cardíaco. La particularidad es que, además de haber sido respaldado por el actual Papa Francisco -en ese entonces, Cardenal Jorge Mario Bergoglio-, puesto que envió el prodigio para ser investigado de forma científica y luego dio su aprobación como verdadero, el milagro, ocurrido en el siglo XXI, consiste esencialmente en el mismo milagro ocurrido en los siglos VIII (Lanciano) y XII (Bolsena-Orvieto): la Eucaristía se convierte en músculo cardíaco vivo, lo cual confirma lo que nos enseña la Iglesia: la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia. En este caso, se agrega la información científica de que se trata de un músculo cardíaco vivo, de una persona que está sufriendo intensamente. Las particularidades del milagro son fascinantes, sobre todo el hecho de que las fibras musculares enviadas al exterior, para ser analizadas por un científico de renombre, eran fibras musculares vivas, para cuya existencia se hacía imposible toda explicación humana, desde el momento en que pertenecían a un corazón –surgido de un pan- y a un corazón de una persona ¡viva! El asombroso milagro nos confirma una vez más: la Eucaristía es el Corazón de la Iglesia.
Éste es el relato del milagro de Buenos Aires: “Una hostia se transforma en un pedazo de corazón vivo.
En 1996 se produjo el llamado “Milagro Eucarístico de Buenos Aires”, donde una hostia se transformó en carne y sangre. Informado el cardenal Bergoglio, Arzobispo de Buenos Aires, ordenó tomar fotos y una intensa investigación de laboratorio y por el Dr. Castañón, cuyo testimonio se puede ver en el video.
Es de destacar que desde principios de mayo de 2015 la página de la Parroquia de Buenos Aires donde se produjo el Milagro Eucarístico fue hackeada por musulmanes, puedes ver aquí la información.
Los estudios mostraron que era una parte del ventrículo izquierdo del músculo del corazón, de una persona de aproximadamente 30 años, sangre grupo AB y que había sufrido mucho al morir, con seguridad maltratado y golpeado. Los científicos que hicieron el estudio no sabían que era una hostia, se lo dijeron luego de los análisis y quedaron asombrados, pues tiene glóbulos rojos, glóbulos blancos, y células palpitando y latiendo, al clavarle una jeringa salía sangre.
LOS ANTECEDENTES
Previo al suceso de 1996 hubo en la Parroquia de Santa María del barrio de Almagro de Buenos Aires antecedentes; esto es lo que dice oficialmente la parroquia Santa María:
Mayo 1992
Después de la Misa del viernes 1 de mayo, al hacer la reserva  del Santísimo Sacramento, el ministro de la Eucaristía  encontró dos trozos de Hostia sobre el corporal del Sagrario.  Consultado el sacerdote, le indicó que los colocara en un  recipiente con agua en el Sagrario (una de las formas  habituales para esperar que se disuelvan y luego poder  purificar).
En los días siguientes, algunos sacerdotes miraban  para ver si ya se habían disuelto, sin observar cambios. Siete  días más tarde, el viernes 8 de mayo, encontraron que las formas tenían un color rojizo, con  apariencia de sangre.
El domingo  siguiente, 10 de mayo, durante las dos  Misas vespertinas, se observaron unas  gotitas de sangre en las patenas con las  que los sacerdotes distribuían la  Comunión.
Julio 1994
El domingo 24, durante la Misa con  niños, cuando el ministro de la  Eucaristía retiraba el copón del Sagrario,  al destaparlo, vio una gota de sangre  que corría por la pared interna del  mismo.
Agosto 1996
En la Misa de las Fiestas Patronales de la  Asunción de la Santísima Virgen,  nuevamente se tuvo que poner una Hostia en un recipiente con agua para su disolución.
Unos días más tarde, el 26, una ministra de Eucaristía, al hacer la reserva  del Santísimo Sacramento, encontró que la forma se había  vuelto carne.
UNA HOSTIA CONSAGRADA SE CONVIERTE EN CARNE Y SANGRE
A las siete de la tarde el 18 de agosto de 1996, el P. Alejandro Pezet decía la santa misa en la iglesia católica en la Iglesia Santa María del Barrio de Almagro, de Buenos Aires. Cuando estaba terminando la distribución de la Sagrada Comunión, una mujer se acercó para decirle que había encontrado una hostia descartada en un candelabro en la parte posterior de la iglesia.
Al ir al lugar indicado, el P. Alejandro vio la hostia profanada. Puesto que él era incapaz de consumirla, la colocó en un recipiente con agua y lo guardó en el sagrario de la capilla del Santísimo Sacramento.
El lunes, 26 de agosto, al abrirse el sagrario, vieron con asombro que la hostia se había convertido en una sustancia sanguinolenta. El párroco informó al cardenal Jorge Bergoglio, quien dio instrucciones para que la hostia fuera fotografiada de manera profesional.
Las fotos fueron tomadas el 6 de septiembre. Muestran claramente que la hostia, que se había convertido en un trozo de carne ensangrentada, había aumentado considerablemente de tamaño.
 ANÁLISIS CLÍNICOS
Por varios años la Hostia se mantuvo en el tabernáculo, y todo el asunto en un secreto estricto. Dado que la hostia no sufrió descomposición visible, el cardenal Bergoglio decidió hacerla analizar científicamente.
Una muestra del tejido fue enviada a un laboratorio en Buenos Aires. El laboratorio reportó el hallazgo de células humanas rojas y blancas de sangre y de tejido de un corazón humano.
El laboratorio informó además de que la muestra de tejido parecía estar aún con vida, ya que las células se movían o latían como lo harían en un corazón humano vivo.
 VIAJA EL DR. CASTAÑÓN
Tres años más tarde, en 1999, el Dr. Ricardo Castañón Gómez fue contactado para realizar algunas pruebas adicionales.
El 5 de octubre de 1999, en presencia de representantes del Cardenal Bergoglio, el Dr. Castañón tomó una muestra del fragmento ensangrentado y lo envió a Nueva York para su análisis. Puesto que él no deseaba perjudicar el estudio, a propósito no informó al equipo de científicos de su procedencia.
El laboratorio informó de que la muestra recibida era de tejido muscular de corazón humano vivo.
ANÁLISIS DE UN CARDIÓLOGO FAMOSO
Cinco años más tarde, en 2004, el Dr. Gómez se contactó con el Dr. Frederick Zugibe y le pidió evaluar una muestra de prueba, una vez más sin decirle nada acerca de la muestra o de su origen.
El Dr. Frederic Zugibe, un cardiólogo reconocido y patólogo forense, determinó que la sustancia analizada era de carne y sangre que contiene el ADN humano.
Zugibe declaró que:
“El material analizado es un fragmento del músculo del corazón que se encuentra en la pared del ventrículo izquierdo, cerca de las válvulas. Este músculo es responsable de la contracción del corazón. Hay que tener en cuenta que el ventrículo cardíaco izquierdo bombea sangre a todas las partes del cuerpo. El músculo cardíaco está en una condición inflamatoria y contiene un gran número de células blancas de la sangre. Esto indica que el corazón estaba vivo en el momento en que se tomó la muestra. Mi argumento es que el corazón estaba vivo, ya que las células blancas de la sangre mueren fuera de un organismo vivo. Él requiere de un organismo vivo para mantenerlo. Por lo tanto, su presencia indica que el corazón estaba vivo cuando se tomó la muestra. Lo que es más, estas células blancas de la sangre habían penetrado el tejido, lo que indica, además, que el corazón había estado bajo estrés severo, como si el propietario hubiera sido severamente golpeado en el pecho”.
SORPRESA DEL CARDIÓLOGO AL SABER LA PROCEDENCIA DEL TEJIDO
Dos australianos, el periodista Mike Willesee y el abogado Ron Tesoriero, fueron testigos de estas pruebas. Sabiendo de donde la muestra había venido, estaban estupefactos por el testimonio del Dr. Zugibe.
Mike Willesee preguntó al científico cuánto tiempo las células blancas de la sangre se habrían mantenido con vida si hubieran venido de un pedazo de tejido humano, que se hubiera mantenido en el agua. Ellas habrían dejado de existir en cuestión de minutos, respondió el Dr. Zugibe.
El periodista le dijo entonces al médico que la fuente de la muestra había sido en un principio dejada en agua corriente durante un mes y luego por otros tres años en un recipiente con agua destilada, y sólo entonces había sido tomada la muestra para el análisis.
Dr. Zugibe dijo que no había manera de explicar científicamente este hecho. Sólo entonces Mike Willesee informó al Dr. Zugiba que la muestra analizada provino de una Hostia consagrada (pan blanco, sin levadura) que se había vuelto misteriosamente en carne humana con sangre.
Sorprendido por esta información, el Dr. Zugibe respondió:
“Cómo y por qué una hostia consagrada puede cambiar su carácter y convertirse en carne viva y sangre humana seguirá siendo un misterio inexplicable para la ciencia, un misterio totalmente fuera de mi competencia“.


Meditación 4. “Nuestra Señora de la Eucaristía, Madre del Sagrado Corazón Eucarístico y Maestra de Adoradores”.
La Virgen, al concebir en su seno al Hijo de Dios encarnado y al darlo a luz milagrosamente, es la Madre de Dios, porque da a luz, en el tiempo y en la historia humana, a la Persona divina del Hijo de Dios, como toda mujer que da a luz una persona se llama “madre”, la Virgen es Virgen y Madre de Dios.
Por el mismo motivo, la Virgen es “Nuestra Señora de la Eucaristía”, porque engendró y dio a luz milagrosamente en Belén, “Casa de Pan”, a Jesús, el Pan de Vida eterna, el Verdadero Maná bajado del cielo, la Eucaristía.
También la Virgen es la Madre del Corazón Eucarístico de Jesús, porque al concebirlo, lo tuvo en su seno en gestación durante nueve meses, aportando de sus nutrientes y de su substancia materna, como hace toda madre con su hijo en gestación, y así contribuyó para que se formara el Sagrado Corazón de Jesús, que por donarse en la Eucaristía, es el Sagrado Corazón Eucarístico.
Por último, debido a que la Virgen fue concebida en gracia y sin mancha de pecado original, desde que fue concebida, amó y adoró siempre a Dios, y continuó adorándolo en la Encarnación, en la Gestación, en su Nacimiento y durante toda su vida, hasta la muerte de cruz en el Calvario, y continúa amándolo y adorándolo en la eternidad, en el Reino de los cielos. Por este motivo, la Virgen, la Madre de Dios, la Madre del Sagrado Corazón Eucarístico, es “Madre y Maestra de los Adoradores Eucarísticos”, porque nadie como Ella amó y adoró a su Hijo Jesús, desde su Encarnación, hasta la eternidad. Quien quiera aprender a adorar al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, tiene que acudir a la Madre y Maestra de los Adoradores Eucarísticos, Nuestra Señora de la Eucaristía.
Para finalizar, una meditación acerca de la vocación de Santa Teresita de Lisieux: “En el Corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”.
Santa Teresita se preguntaba cuál sería su misión en la Iglesia, y cuando la encontró, dijo: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor”. Es decir: “Mi misión dentro de la Iglesia es ser el amor en el corazón de la Iglesia, porque sin el amor, sin la caridad, de nada valen las obras” ¿Qué quiso decir Santa Teresita del Niño Jesús? ¿Cómo puede un ser humano meterse en el corazón de la Iglesia y ser transformado en el amor?
Santa Teresita no hablaba en un sentido figurado; no se refería a una simple imagen de la misión que hubiera querido desempeñar al interno de la Iglesia; no hablaba del amor en un sentido puramente sensible y superficial.
Santa Teresita se refería al amor substancial de Dios, el Espíritu Santo, al amor divino-humano de Cristo, a su unión personal con el Cristo Eucarístico, y a la transformación de su alma, como producto de su unión con Jesús en la Eucaristía. Había descubierto, iluminada por el Espíritu Santo, cuál era el corazón de la Iglesia: la Eucaristía.
El alma puede ser realmente -y no en sentido figurado- el amor en el corazón de la Iglesia, porque el sacramento substancial de la Eucaristía es el corazón de la Iglesia[26][1]. Porque la Eucaristía, que es Cristo resucitado, es a la Iglesia lo que el corazón es en el ser humano, es que el alma, consumiéndola, puede ser transformada por la potente acción del Espíritu de Cristo, Alma de su alma, porque puede por este Espíritu ser asimilada a Cristo y ser transformada en su Cuerpo Místico y siendo el Cuerpo de Cristo puede ser inhabitada por el mismo Espíritu de Cristo, el Espíritu del Amor divino. El Espíritu de Dios, Presente en el Corazón Eucarístico de Cristo, transforma el alma en el Cuerpo de Cristo y luego la anima y la vivifica con su vida divina.
Unida a Cristo Eucarístico, Corazón de la Iglesia, el alma es transformada por Cristo en Él mismo, es hecha parte real de su Cuerpo Místico, y como parte de su Cuerpo, es vivificada por el Espíritu que vivifica y anima a Cristo, el Espíritu Santo, Espíritu que es substancialmente Amor divino, eterno e infinito.
“En el corazón de la Iglesia, en la Eucaristía, unida, asimilada y transformada mi alma en el Cristo Eucarístico por la inhabitación de su Espíritu de Amor, yo seré el amor de Dios que se derrama por intermedio mío sobre la humanidad”.
Cada uno de nosotros puede hacer suyas las palabras de Santa Teresita: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el amor”, porque en la comunión eucarística tenemos acceso al Sagrado Corazón de Jesús, que late con el Amor de Dios y que derrama en cada comunión ese Espíritu sobre nuestras almas para transformarlas en el Amor de Dios.
En la comunión eucarística el Sagrado Corazón de Jesús derrama el Espíritu Santo en el alma, transformándola en el Amor de Dios, y es así cómo un alma puede ser, en el corazón de la Iglesia, el amor de Dios.
“En el corazón de la Iglesia yo seré el Amor”. La frase expresa el momento culminante del itinerario de Santa Teresita de Lisieux, en la búsqueda acerca de su misión en la Iglesia.    
Lejos de reflejar un estado sentimentalista, como muchos equivocadamente pueden llegar a interpretar, la frase expresa la más alta cumbre de experiencia mística de Santa Teresita, puesto que no se refiere a un estado anímico ni a un sentimiento, sino a una profunda identificación con el Ser trinitario, que es Amor en Acto Puro. El deseo de “ser el Amor” en “el corazón de la Iglesia”, es entonces la expresión, en una simplísima frase, de un estado de unión espiritual con la divinidad, alcanzable solo por las grandes almas místicas. Y, visto que Santa Teresita es santa, y además doctora de la Iglesia, es patente que puso por obra su descubrimiento espiritual, el “ser el Amor en el corazón de la Iglesia”, descubrimiento que la condujo a las más altas cumbres de la sabiduría y de la santidad.
¿De qué manera pudo Santa Teresita hacer realidad lo que expresó en tan simple y profunda frase? La pregunta no es inútil, puesto que la santidad está al alcance de toda alma, ya que el único límite que puede frenar el ascenso a la santidad, en un alma, está puesto por ella misma. Es decir, la pregunta es importante, porque toda alma puede alcanzar las mismas cumbres de santidad de Santa Teresita, y aún más.
Para contestar a la pregunta de cómo pudo Santa Teresita hacer realidad su descubrimiento, es necesario analizar con un poco de detenimiento su frase: “En el corazón de la Iglesia yo seré el Amor”. “En el corazón de la Iglesia”: ¿cuál es el corazón de la Iglesia? El corazón de la Iglesia es la Eucaristía, porque si el corazón es la sede del amor del hombre, la Eucaristía es la sede del Amor de Dios, ya que ahí late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Amor divino. ¿Y de qué manera se puede “ser el Amor”? Uniéndose a ese Corazón Eucarístico de manera tal de quedar absorbidos por la fuerza de su Amor; uniéndose al Corazón Eucarístico, de manera tal de ser abrasados por las llamas del Amor divino, hasta ser una sola cosa con Él, así como el hierro, inicialmente opaco, duro y frío, se ablanda y se vuelve luminoso y brillante cuando es abrasado por el fuego. De esta manera, el alma se identifica a tal punto con el Amor de Dios, que pasa a ser una sola cosa con Él.
Entonces, comulgando la Eucaristía como lo hacía Santa Teresita, se puede “ser el Amor en el corazón de la Iglesia”.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1954, 631.
[2] Cfr. X. LEÓN-DUFOUR, Vocabulario de Teología Bíblica, voz “corazón”, 189ss.
[3] Cfr. Dufour, idem, ibidem.
[4] Cfr. Scheeben, Los misterios, 200.
[5] Cfr. Scheeben, Los misterios, 101.
[6] Cfr. Scheeben, Los misterios, 418; 558.
[7] Cfr. ibídem.
[8] Cfr. ibidem, 553.
[9] Cfr. ibidem, 553ss.
[10] Cfr. ibidem, 556.
[11] Cfr. ibidem, 199.
[12] Cfr. ibidem, 555.
[13] Cfr. ibidem, 503.
[14] Cfr. Scheeben, Los misterios, 107.
[15] Cfr. Scheeben, Los misterios, 107.
[16] Cfr. ibidem.
[17] Cfr. ibidem.
[18] Diario, 441
[19] Diario, 1447
[20] De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan; Tratado 26, 4-6: CCL 36, 261-263.
[21] Cfr. Misal Romano.
[22] http://webcatolicodejavier.org/lanciano.html
[23] Cfr. Sol de Fátima, nº. 83, Mayo Junio 1982,  Revista Roma de Buenos Aires, nº. 28, Septiembre de 1978,  Legionario de Colombia nº. 5.
[24] http://www.therealpresence.org/eucharst/mir/spanish_pdf/Bolsena-spanish.pdf
[25] http://forosdelavirgen.org/77743/el-papa-francisco-fue-protagonista-de-uno-de-los-mayores-milagros-eucaristicos-de-la-historia-14-04-22/
[26] Cfr. Matthias Josef Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 613.

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