Inicio: ofrecemos
esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio
por el robo sacrílego de Hostias consagradas en dos parroquias de España. La información
relativa a tan lamentable suceso se encuentra en el siguiente enlace:
Canto inicial: “Sagrado Corazón, eterna alianza”.
Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer misterio
(misterios a elección).
Meditación.
Si
por algún imposible alguien dudara del Amor de Dios hacia nosotros, los hombres
–aunque hay que decir que muchos lo hacen-, basta con meditar en el misterio de
la Encarnación del Verbo del Padre, para no solo despejar toda duda, sino para
caer postrados en adoración y acción de gracias por tanto amor y misericordia
demostrado por Dios Trino para con todos y cada uno de los seres humanos. En efecto,
en la Encarnación, Dios colmó de gloria a nuestra naturaleza humana[1],
porque para venir a este mundo, no eligió unirse a una naturaleza angélica, que
tan superior a la humana es, sino que eligió a nuestra débil y caída naturaleza
humana para unirse a ella en el seno virginal de María Santísima. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, aumenta
nuestra fe en la divinidad de tu Hijo Jesús, Presente en la Hostia consagrada!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Segundo Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
El
Verbo Eterno del Padre, el resplandor de su gloria, el que posee el mismo Acto
de Ser divino trinitario que Dios Padre; el que junto con el Padre espira al
Santificador, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, nos hizo el honor y nos honró
y glorificó al elegir a nuestra naturaleza humana para unirse en celestial
connubio, por medio del Purísimo Amor de Dios, en las entrañas purísimas de
María Virgen. ¡Cuán asombradas habrían de quedar las potestades angélicas al
ver que un Dios de tan esplendorosa grandeza, eligiera a una naturaleza tan
baja y ruin como la nuestra, para encarnarse y venir a nuestro mundo! Por la
Encarnación del Verbo, Dios Trino elevó la naturaleza humana al divino
consorcio con la naturaleza divina, la sentó en el trono reservado sólo a su
divina majestad[2]
y la hizo merecedora de adoración por parte de naturalezas, como la angélica,
que hasta entonces eran muy superiores a ella. Esta honra, dice un autor[3], “es
la mayor que pudo Dios hacer a los hombres, por lo cual los hijos de Adán
honrar no sólo a Dios, como Él lo merece, sino entre nosotros, porque cada uno
de nosotros participamos, por la Encarnación, del honor y de la gloria del
Verbo. Cada uno de nosotros es, para el prójimo, una imagen viviente del Dios
Encarnado y un recuerdo de su gloriosa encarnación y por eso nos debemos, los
unos a los otros, el más grande respeto y la mayor de las honras. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, únenos a
tu acción de gracias ante tu Hijo Jesús, por tan innumerables y grandiosos
dones con los cuales Él nos ha colmado!
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Tercer Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
La
honra con la que Dios Trino nos ha honrado en la Encarnación supera a la de los
espíritus angélicos más elevados, porque el Verbo de Dios no ha elegido ni a
los serafines, ni a los querubines, ni a los ángeles, ni a los arcángeles, ni a
las potestades angélicas, para venir a nuestro mundo, sino que ha elegido a
nuestra pobre y débil naturaleza humana[4]. Por
la Encarnación, como dicen los santos, Dios se hace hombre, sin dejar de ser
Dios, para que el hombre se haga Dios por la gracia. Por la Encarnación, Dios
no se hizo un ángel, no se unió a la naturaleza angélica, sino que se unió a
nuestra naturaleza humana y así elevó nuestra naturaleza a las alturas
inimaginables del desposorio místico con la naturaleza divina. Por la
Encarnación, Dios convirtió a nuestra naturaleza humana, débil y pecadora e
inferior a la de los ángeles, en una naturaleza divinizada y santificada por la
gracia, no solo ya sin pecado, sino convertida en hija adoptiva suya e
infinitamente superior a la naturaleza angélica.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Cuarto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Los
ángeles no pueden decir: el Ángel-Dios,
cuando se refieren a Jesús, como nosotros, los hombres, sí podemos decir, con
toda razón y justicia, al hablar de Jesús, Dios-hombre
y Hombre-Dios[5].
Por la Encarnación, Dios no se hizo
hermano de los ángeles ni los adoptó a ellos como hijos suyos, sino que se hizo
nuestro hermano y nos adoptó como a sus hijos muy amados, concediéndonos por la
gracia la misma filiación divina con la cual Dios Hijo es Hijo de Dios desde
toda la eternidad. Por la Encarnación, los hombres podemos decir, con todo orgullo,
que está sentado a la diestra del Padre un hermano nuestro, un hombre, alguien
que posee nuestra raza y es de nuestra naturaleza. Dios se ha dignado sentar en
su trono de majestad y gloria no a los ángeles, sino a nuestra pobre y débil naturaleza,
al encarnarse el Hijo de Dios en la frágil naturaleza humana, por obra del
Espíritu Santo, en el seno purísimo de María. Si los ángeles son dichosos
porque lo contemplan cara a cara, no menos grande es nuestra dicha, pues por la
gracia de la Encarnación Dios Hijo se ha hecho nuestro hermano y por esta
razón, nuestra naturaleza humana posee, desde que el Verbo se hizo carne, la
gloria de Dios, gloria que la posee en su plenitud la naturaleza humana de
Jesús y que a nosotros nos la comunica por la gracia santificante.
Silencio
para meditar.
Un Padre Nuestro, diez Ave Marías, un Gloria.
Quinto Misterio del Santo Rosario.
Meditación.
Aun
en medio de las tribulaciones, persecuciones, dificultades y contrariedades de
esta vida, llamada con justa razón “valle de lágrimas”, no dejamos de tener,
por la Encarnación, motivos de una alegría que supera con mucho todo lo que
podamos llegar a padecer en esta vida. En efecto, debemos considerarnos
dichosos, felices, bienaventurados, por habernos hecho el Verbo de Dios la
honra de unirse a nuestra naturaleza humana y habernos adoptado como hijos muy
amados del Padre. Estemos contentos con nuestra naturaleza, dice un autor[6],
pues tiene la gloria de ser, por la Encarnación, la naturaleza a la cual Dios
se ha unido en Persona, en Cristo Jesús. Al respecto, dice así San Agustín[7]: “Hijo
mío, Dios se ha dignado de ser lo que tú eres y no se hizo ángel, aunque es el
Ángel del gran Consejo; te ensalzó sobre los ángeles y tú juzgarás a los mismos
ángeles”. Esté, pues, contento el hombre por ser hombre, pues Dios lo eligió
para ser Dios por participación, por medio de la gracia santificante. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía,
estréchanos contra tu Corazón Inmaculado, para que nunca dejemos la gloria de
la gracia por los bienes perecederos de este mundo!
Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo.
Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”
(tres veces).
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo
os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del
mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los
cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su
Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la
conversión de los pobres pecadores. Amén”.
Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los Ángeles”.
[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio
y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 92.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 92.
[3] Cfr. Nieremberg, o. c.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 93.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 93.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 93.
[7] Lib. 1, De Visit. infirm., cap. 6.
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