martes, 24 de julio de 2018

Hora Santa en reparación por fusilamiento del sagrario por comunistas nicaragüenses 140718




El Sagrario muestra las huellas de las balas de los comunistas nicaragüenses

Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario en reparación por la profanación sacrílega de la parroquia Jesús de la Divina Misericordia, llevada a cabo por parte de policías y paramilitares comunistas nicaragüenses bajo el mando del presidente de Nicaragua Daniel Ortega el pasado sábado 14 de julio de 2018. Los mencionados esbirros fusilaron al sagrario de la parroquia, cometiendo un acto sacrílego que recuerda los peores ataques de los comunistas españoles republicanos contra la Iglesia en la Guerra Civil Española. Además de fusilar al sagrario, los sicarios comunistas armados atacaron y mataron a jóvenes pertenecientes a organizaciones juveniles católicas de la Iglesia en Nicaragua. Además, destruyeron la parroquia, la capilla del Santísimo y la Casa Parroquial. Hacemos nuestro el pedido de reparación de la Arquidiócesis de Managua. En la foto se puede observar cómo quedó el sagrario luego del fusilamiento por parte de los paramilitares comunistas nicaragüenses. Como siempre lo hacemos, además de la reparación y desagravio, pediremos por la conversión de los autores intelectuales y materiales de tan horrible sacrilegio y por el eterno descanso de los jóvenes fallecidos. La información relativa al mismo se puede encontrar en el siguiente enlace:


Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario (misterios a elección).

Primer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

         La Última Cena de Jesús anticipa su muerte en cruz, según las mismas Escrituras: “En la noche en la que fue traicionado” (1 Cor 11, 23). Por este motivo, las palabras de la consagración de Jesús –“Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros (…) Esta es mi Sangre que se derrama por vosotros”- no se puede separar de la muerte inminente de Jesús en la cruz y tampoco se pueden explicar sin ella[1]. Desde el inicio hasta el final de la Última Cena se anuncian la ausencia y separación del Maestro Jesús, al mismo tiempo que la glorificación y su señorío sobre el tiempo, la historia y los hombres: “Haced esto en memoria mía”; “Hasta que Él vuelva” (1 Cor 11, 26). La Última Cena, anticipo incruento y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, anuncia tanto la muerte de Cruz y su ausencia –“Un poco y no me veréis”-, como así también la vida nueva de Jesús más allá de su muerte y su Presencia real entre sus discípulos, por medio de la Resurrección y de su Presencia gloriosa y resucitada en la Eucaristía –“Otro poco y me veréis”-. Hay un presente doloroso, signado por la noche, la traición de Judas Iscariote, la muerte, pero también la señalación de un futuro glorioso de vida y resurrección, en el que Jesús presidirá otro banquete, el banquete escatológico, el banquete que será celebrado no ya en el Cenáculo, sino en el Reino de los cielos: “Ya no beberé del cáliz hasta que lo beba en el Reino de mi Padre” (cfr. Mt 26, 29).

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la Última Cena está el presente doloroso de la traición de los hombres[2], encarnada y representada en la traición de Judas Iscariote; en la Última Cena están las palabras de despedida, el saber de Jesús que ha de morir; está presente la muerte que sobrevuela como negro presagio; en la Última Cena está el dolor del Corazón de Jesús que en Judas ve cómo las almas, a pesar de su supremo sacrificio en la cruz, habrán de condenarse a lo largo de las edades; en la Última Cena está presente la noche, pero no solo la noche cósmica, la que se abate sobre el mundo creado cuando el sol se oculta y sale la luna: está presente la noche del espíritu, la noche más negra, encarnada en el espíritu de Judas, el hombre destinado a perderse, destinado por haber elegido al Príncipe de las tinieblas y no al Hombre-Dios; está presente la noche personificada en el Príncipe de la oscuridad, que entra en el alma sacrílega de Judas para poseerlo cuando éste “toma el bocado”, antítesis de la comunión eucarística, porque si en la comunión eucarística el alma es inhabitada por la Trinidad Santísima, en la comunión sacrílega de Judas Iscariote es Satanás quien toma posesión no solo de su cuerpo, sino de su voluntad, constituyendo así la posesión perfecta, total y definitiva, que lleva al alma de Judas a precipitarse en el Infierno.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Pero en la Última Cena también está contenida la promesa de la futura resurrección de Jesús[3]; está contenida la promesa de su victoria definitiva sobre la muerte, el pecado y el demonio; en la Última Cena está contenida la alegría futura, que ya se vislumbra más allá del Viernes Santo, la alegría desbordante de la vida gloriosa del Hombre-Dios, que surge triunfante del sepulcro el Domingo de Resurrección. En la Última Cena está la promesa más hermosa hecha por Dios a los hombres, la promesa de quedarse, aun cuando se vaya por la muerte en cruz, en la Eucaristía, porque la Eucaristía, su Presencia real en la Hostia consagrada, es el cumplimiento de la promesa de que habrá de quedarse con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Si en la Última Cena está la comunión sacrílega de Judas, que prefiere unir su cuerpo y su alma al Demonio, también están presentes las comuniones santas de los Apóstoles que, comulgando en gracia, con fe y con amor, reciben en sus corazones la inhabitación trinitaria de las Tres Divinas Personas. Si bien está el anticipo de la muerte de Jesús en la cruz, en la Última Cena está también en anticipo el anuncio del banquete escatológico que los discípulos gustarán en la eternidad, en el Reino de los cielos. Si la Última Cena está signada por el presente doloroso de la traición de Judas –en la que están representadas las traiciones de todos los hombres de todos los tiempos, sobre todo, los eclesiásticos-, también la Última Cena está signada por la promesa del futuro banquete celestial del cual participarán Jesús y los suyos, los hombres que a lo largo de los siglos hayan permanecido fieles a la gracia y al glorioso Amor de Dios donado en la Eucaristía.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

En la Última Cena Jesús reúne en torno a sí a los que –a excepción del hijo de la perdición, Judas Iscariote- lo han seguido fielmente hasta ese momento (Lc 22, 8); es con ellos con los que ha deseado ardientemente comer la Pascua antes de sufrir (Lc 22, 15)[4]. De esta manera Jesús, ofreciéndose a sí mismo de forma anticipada en la cena sacramental con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, deja para los discípulos y para la Iglesia toda el sacerdocio ministerial y la Sagrada Eucaristía, modo de cumplir su promesa de quedarse con nosotros, para consolarnos en nuestras penas mientras vivimos en este “valle de lágrimas” todos los días, hasta el fin del mundo y de esa manera Jesús cumple la voluntad del Padre hasta el fin. El misterio de su muerte, que se anuncia en la Última Cena, anticipa al mismo tiempo el misterio de su gloriosa resurrección; es decir, en la Última Cena no solo están presentes los eventos inmediatos relacionados con su Pasión y Muerte, sino también, ya con el don de la Eucaristía, se anticipa el triunfo final, total, absoluto y definitivo sobre la muerte, el pecado y el demonio y se anticipa su Presencia gloriosa en el banquete celestial, banquete que es el cumplimiento de la voluntad del Padre. El Padre no lo ha mandado a morir solamente, sino a morir y a resucitar y tanto la muerte como la resurrección están presentes en la Última Cena, porque anuncia que habrá de partir, pero anuncia también que entrega su Cuerpo y su Sangre, que constituirán el alimento de la Iglesia a lo largo de los siglos, pero también serán el elemento central del banquete escatológico en el Reino de los cielos: “Ya no beberé de este cáliz hasta que lo beba en el Reino de mi Padre”. Su muerte, anunciada en la Última Cena, constituye así un evento de salvación para todos aquellos que, en el tiempo de la Iglesia, “haciendo memoria” de lo que Jesús ha hecho en la Última Cena, participen de su gloriosa muerte y resurrección, mediante la unión con Él por la Eucaristía.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio del Santo Rosario.

Meditación.

Por medio de la Última Cena, a través de la cual permanecerá con los suyos hasta el fin por el don de la Eucaristía, Jesús hará participar a los suyos de su victoria sobre la muerte, al ingresar en sus almas por la Hostia consagrada. Los actos y palabras de la institución eucarística anticipan su misterio pascual de muerte y resurrección: se entrega voluntariamente a la muerte de cruz –significada sacramentalmente por la consagración separada del pan y del vino-, para hacer de su vida un don de vida eterna para todos los que crean en Él, porque si bien morirá en la cruz, es también verdad que resucitará el Domingo de Resurrección, de manera tal que todos aquellos que crean en Él y participen del Pan partido –que es su Cuerpo donado- y del Vino del cáliz –que es su Sangre derramada en la cruz-, recibirán el don de la vida eterna[5]. Es de misterio pascual de muerte y de resurrección del cual participamos cada vez que, adorando, recibimos la comunión eucarística.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.




[1] Cfr. Carlo Rocchetta, I Sacramenti della fede. Saggio di teología bíblica dei sacramenti come “evento di salvezza” nel tempo della Chiesa, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 1998, 98.
[2] Cfr. Rocchetta, ibidem.
[3] Cfr. Rocchetta, ibidem.
[4] Cfr. Rocchetta, ibidem.
[5] Cfr. Rocchetta, ibidem.



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