miércoles, 13 de abril de 2011

Hora Santa para crecer en la misericordia - La Adoración Eucarística debe traducirse en amor al prójimo -



Adoración Eucarística

“Cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre,

el otro está borracho” (1 Cor 11.21)

¿Cómo celebramos la Eucaristía?

La Adoración Eucarística, en donde el alma recibe el fuego del Amor divino que se desprende de Jesús Eucaristía, debe traducirse en compasión y misericordia para con el prójimo; en caso contrario, es tiempo perdido.

¡Tremendo daño se hace en la comunidad cristiana cuando no vivimos y celebramos la Eucaristía como el Señor y la Iglesia piden! ¡Cómo desvirtuamos la Cena del Señor cuando nos quedamos sólo en el ropaje externo y minucias vacías! ¡Cómo defraudamos al Señor cuando no prolongamos la Eucaristía en la vida y no trabajamos a favor de la comunión con los hermanos o en la atención a los más pobres y a los que sufren!

Estamos en tiempo de Cuaresma, Camino de conversión hacia la Pascua, tiempo de penitencia y escucha de la Palabra, llamada fuerte a practicar ayuno, oración y penitencia, como medios para dejarnos convertir enteramente por la fuerza del Espíritu y la luz de la Palabra. Hemos de gritar como el profeta Jeremías: “Hazme volver y volveré, pues tú eres mi Dios, Señor. Me alejé y después me arrepentí” (Jr 31, 18-19).

“El ejercicio o práctica de las virtudes es el medio que utiliza la Ascética cristiana para llevar a las almas a que den mayor gloria a Dios y obtengan la unión con Él”, decía nuestro Beato Manuel González. Añadía: “La gloria de Dios y la unión con Él, en definitiva, no tienen más enemigos ni obstáculos que nuestras pasiones desordenadas, nuestro egoísmo, con su familia de soberbia, lujuria, avaricia, etc., que son los salteadores de esa gloria y unión”.

¡En marcha, hermanos, es tiempo de conversión! ¡Deja que el Señor te convierta, te cambie la mente y el corazón, te haga criatura nueva, te regenere en esta Cuaresma 2011! “Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo” (2 Cor5,16). Vivir con autenticidad la Eucaristía exige conversión continua, que se concreta en un amor enorme a la verdad y la belleza de la Liturgia, y una entrega total a los más pobres y solitarios, porque en ellos a Cristo: “Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra las entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino con verdad y con obras” (1Jn 3, 17-18).

La Palabra de Dios nos denuncia:

El Apóstol Pablo está lleno de dolor por la división que reina en la comunidad de Corinto y la incapacidad de compartir los bienes unos con otros. Parece probable que antes de la celebración de la Cena del Señor había una comida fraterna. En ella hay de todo menos fraternidad. Los más ricos y holgados de tiempo y dinero llegaban antes a la reunión y banqueteaban espléndidamente. Los esclavos, o los trabajadores del puerto, o los más pobres, cuando llegaban a esa comida (¿supuestamente?) fraterna, se encontraban sólo con las migajas. Pablo denuncia esta realidad con toda firmeza. Escuchemos su palabra en 1Co 11, 17-22):

“Al prescribiros esto, no puedo alabaros, porque vuestras reuniones causan más daño que provecho. En primer lugar, he oído que cuando se reúne vuestra asamblea hay divisiones entre vosotros; y en parte lo creo; realmente tiene que haber escisiones entre vosotros para que se vea quiénes resisten en al prueba”.
“Así, cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre el otro está borracho”.
“¿No tenéis casa donde comer y beber?¿O tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen? ¿Qué queréis que os diga? ¿Qué os alabe? En esto no os alabo”.

El dolor que nos trasmite san Pablo ha de ser el nuestro. Todavía hoy hay muchas desigualdades entre los que participamos en la Mesa del Señor. Todavía hoy la división, la competitividad, la desconfianza, la indiferencia ante el que sufre se da en el seño de la comunidad cristiana.

El Señor nos llama a una profunda conversión. Comulgar a Cristo cada día o cada domingo ha de conducirnos a sentir con obras y desprendimiento que el que sufre o está hambriento es mi hermano: “El replicará: . Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna” (Mt 25, 45-46).

Hagamos Examen de Conciencia de nuestra manera de celebrar la Eucaristía:

¿Cómo preparo y celebro la Eucaristía? ¿Me dejo transformar por el Señor resucitado? ¿Vivo a fondo cada gesto y palabra del Misterio eucarístico? ¿Verdaderamente creo y digo: ? ¿Prolongo la Eucaristía en la vida, entregándome a los más necesitados?

¿Me duelen mis comportamientos anticristianos cuando no contribuyo a crear fraternidad y familia de hermanos como católicos que participan del mismo Banquete de Amor que yo? ¿Entrego por completo a Cristo, como Él se entrega por mí y en mí, en cada Sacrificio eucarístico?

Escuchemos la voz del Papa Benedicto XVI, en el libro-entrevista :

“La Iglesia se hace visible a los hombres en muchas cosas, en la acción caritativa, en los proyectos de misión, pero el lugar donde más se la experimenta realmente como Iglesia es en la liturgia. Y eso es correcto de ese modo. En definitiva, la Iglesia tiene el sentido de volvernos hacia Dios y de dar a Dios en el mundo.
La liturgia es el acto en el que creemos que Él entra y que nosotros lo tocamos. Es el acto en que se realiza lo auténtico y propio: entramos en contacto con Dios. Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él” (pág. 163).
Completemos esa escucha de Benedicto XVI en la exhortación :

El alimento de la verdad nos impulsa a denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor. Los cristianos han procurado desde el principio compartir sus bienes (cf. Hch 4, 32) y ayudar a los pobres (cf. Rm 15, 26)” (SaCa 90b).
El cuidado de la Liturgia es el arte de celebrar rectamente, la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles, en obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud (cf. SaCa 38), es inseparable de un trabajo audaz, intrépido y valiente por denunciar todas las situaciones de injusticia que asolan la faz de la tierra y colaborar al máximo con las instituciones internacionales, estatales o privadas que se esfuerzan por el cese o la disminución en el mundo del escándalo del hambre y la desnutrición en los países en vías de desarrollo (cf. SaCa).

Meditemos las palabras de nuestro beato Manuel González:

“La Liturgia es la Iglesia viviendo su Fe, su adoración, su amor. El Culto es el cuerpo visible de la Religión, y la Liturgia es su expresión, su gesto, sus modales, su palabra.
Es Dios, por medio de su Cristo, llamando, acogiendo, trabajando, uniéndose al alma; es el alma, dejándose modelar por el divino buril para poder ser hecha miembro del Cuerpo místico de Cristo, piedra de su Iglesia, oveja de su rebaño, hija de Dios, hermana del Primogénito Jesús, participante de su vida y de su gracia y coheredera de su gloria” [].
“Ese es el primer paso, asociarse a Cristo, entrar en compañía con Él. Enamorarse de Él, quererlo con toda el alma, y ¿queréis que os lo diga de una vez? ¡Chiflarse de amor por el Corazón de Jesucristo! Ni más ni menos”.
“¿Podéis explicarme cómo en poco más de tres años se funda y sostienen un Centro Católico con más de quinientos obreros, con su Caja de Ahorros y su Monte de Piedad; escuelas gratuitas para mil, entre niños y adultos de uno y otro sexo; un barrio obrero, una panadería económica, una biblioteca ambulante, obras de Catecismo, dos talleres de ropa para pobres, una Granja Agrícola Escolar, dos iglesias en barrios extremos, obras moralizadoras de presos, Secretariado del pueblo…? Es que allí se ha empezado por Él, por Ella”.
En D. Manuel son inseparables el amor a Dios y a los necesitados, las horas largas de adoración eucarística delante del Sagrario y la Acción Social Católica. En palabras suyas: “Es un viaje de ida y vuelta, que empieza, el de ida, en Cristo y termina en el pueblo, y empieza en el pueblo, el de vuelta, y termina en Cristo”. ¡Qué claro lo manifiesta! ¡Con qué convencimiento lo ejecuta! ¡Qué amor de Cristo, en Él y con Él, irradia en todo lo que pone en marcha! Pero siempre arrancando de Cristo, que en la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana: “Dios, en las obras hechas por su gloria, no premia el fruto recogido, sino el trabajo empleado”.

Oración final:

Señor Jesús, Eucaristía viviente,
fuente y origen de toda forma de santidad,
sigue llamándonos a la plenitud de vida en el Espíritu,
para que el modo de nuestro beato Manuel González,
sepamos celebrar con devoción este santo Misterio
y, a la vez, nos ofrezcamos a Ti y por Ti,
al trabajo por la comunión eclesial
y el servicio silencioso a los más pobres.
Cristo Sacramentado, que cada tiempo de adoración,
ante tu Presencia real y sacramental,
postrados a tus pies, en culto agradable a tus ojos,
vivamos una auténtica espiritualidad eucarística,
que nos conduzca a la donación total de nuestra vida.
Alabado y bendito seas, Señor nuestro.

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