jueves, 25 de marzo de 2021

Hora Santa en reparación por venta sacrílega de Hostias consagradas por grupos satánicos 240321

 



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la venta sacrílega de Hostias consagradas –a través de la red- por medio de grupos satánicos. Para mayores datos, consultar el siguiente enlace:

http://blog.messainlatino.it/2021/03/il-vescovo-di-foggia-ostie-consacrate.html

Canto inicial: “Cristianos venid, cristianos llegad”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).

Meditación.

         La primera disposición para recibir la gracia santificante es la fe (obviamente, la fe católica, la fe en el Hombre-Dios Jesucristo). ¿Qué es la fe? Es una virtud necesaria para creer que son verdaderas las cosas que Dios ha revelado –por medio de su Hijo Dios, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, Jesús de Nazareth- y además que sus promesas son fieles y que principalmente se ha de creer esta misma grandeza de la gracia y que Dios justifica por ella a los pecadores por la redención de Cristo Jesús[1].

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

         La fe católica es necesaria, porque sin esta fe, que es una iluminación del Espíritu Santo, no se puede entender la grandeza y majestuosidad de la gracia, ya que el intelecto humano no alcanza ni siquiera a vislumbrar ni la existencia ni el significado de la participación del alma, ya desde esta vida terrena, en la vida de la Santísima Trinidad. La gracia sobrepasa infinitamente todo conocimiento y todo sentido y es por esto que es necesaria la fe[2]; de otro modo, es imposible ni conocerla, ni mucho menos apreciarla.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

         El Hombre-Dios Jesucristo elevó al ser humano, por su gracia, a un grado de majestad inefable, por cuanto por la gracia es hecho partícipe el hombre de la vida misma de Dios Uno y Trino. Esto es algo tan alto, sublime y majestuoso, que no solo el hombre, sino ni siquiera el ángel[3], con su intelecto creado poderosísimo, pueden entrever o ni siquiera imaginar la posibilidad de tan grande exaltación de la creatura humana por parte de Dios, que por la gracia lo hace partícipe de su vida divina trinitaria.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio. 

Meditación.

         Ni el intelecto humano, ni el intelecto angélico, pueden no solo comprender, sino siquiera imaginar el destino de grandeza divina que la gracia concede al alma, al hacerla participar de la vida de la Trinidad. Para poder apreciarla, pero también para anoticiarse de su existencia, se necesita un conocimiento de orden sobrenatural, celestial, divino, que supere infinitamente las capacidades y potencialidades del intelecto creado, sea humano o angelical y este conocimiento es posible gracias a la luz de la fe, la cual comunica al hombre el conocimiento y la luz que el mismo Dios tiene de Sí mismo y de las demás cosas[4]. Ésta es la virtud de la fe, con la cual adquiere el alma un divino resplandor que le disipa las tinieblas naturales en las que está envuelta después del pecado y le permite contemplar la majestad de la Santísima Trinidad.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

         Porque ilumina al alma con la luz eterna de la Trinidad, es que San Pedro llama a la fe “purificadora de los corazones” (Hch 15), porque de la misma manera a como el sol con sus rayos, no sólo esclarece e ilustra el aire, sino que lo purifica, haciéndolo más puro y diáfano, así la luz de la fe purifica nuestros entendimientos, quitándole la rudeza y bajeza y limitaciones del conocimiento natural, obrando también en los corazones, quitándoles el deseo de las cosas de la tierra y purificando al alma con las verdades altísimas que enseña, como por ejemplo, que Cristo es Dios y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, por lo que la Eucaristía es Dios. ¡Nuestra Señora de la Eucaristía, que siempre seamos iluminados por la Santa Fe Católica, donada por Nuestro Señor Jesucristo!

          Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Cantad a María, la Reina del cielo”.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria, pidiendo por las intenciones de los Santos Padres Benedicto y Francisco.

 



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 472.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 472.

[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 472.

[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 473.

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