martes, 14 de enero de 2020

Hora Santa en reparación por actos vandálicos contra ocho imágenes de la Virgen en Francia 120120



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación por los actos vandálicos sufridos por ocho imágenes de la Madre de Dios en Francia. Para mayores detalles, consultar el siguiente enlace:


Canto inicial: “Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).

Meditación.

         El alma que está en gracia está rodeada no por uno sino por varios ángeles de la Guarda, según afirman afamados doctores y teólogos de la Iglesia. Esto es lo que se quiere significar, por ejemplo, en el Cantar de los cantares, cuando se dice traerán al alma muchas joyas, diciendo que “le harán manecillas de oro con labores de plata”, esto es, lo que interpreta Teodoreto es que la han de ayudar a hacer muchos actos de caridad y obras de las demás virtudes[1].

         Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

         Segundo misterio del Rosario.

Meditación.

Dicen los doctores de la Iglesia que es costumbre de los ángeles, amigos de Dios, cuando ven a un alma pura que con fervor sirve a Jesucristo, rodearla por todas partes para guardarla y ayudarla y alentarla para que viva santamente, para hacerla muy grata y amable al Señor[2]. Tanta ayuda tenemos de los ángeles de Dios, ¿y vamos a menospreciar la gracia?

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Tercer misterio del Rosario.

Meditación.

La estimación que de la gracia en un alma llega a tanto en los espíritus celestiales, que no sólo se emplean en su bien y aprovechamiento los ángeles de las jerarquías inferiores, sino los de la suprema. Por esto dijo el Apóstol que “todos eran espíritus serviciales”[3], enviados por Dios y “enviados para que ayuden a aquellos que han de alcanzar la herencia de la salvación eterna, esto es, de los que están en gracia, que son los hijos de Dios y herederos del cielo. “Todos”, dice San Pablo, se emplean en esto, no sólo los ángeles inferiores, sino hasta los más supremos espíritus, como notan también San Basilio y San Crisóstomo.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Cuarto misterio del Rosario.

Meditación.

San Juan Evangelista vio a uno de los mayores ángeles que estaban en el cielo delante del altar con un incensario de oro, para ofrecer en él a Dios las oraciones de los hombres santos[4]. Vio también a cuatro querubines y otros muchos ciudadanos del cielo, que tenían pomos de oro llenos de suaves olores, que eran las oraciones de los que estaban en gracia. San Rafael, que es uno de los siete primeros príncipes del cielo, cuando oraba y se ejercitaba el santo Tobías en obras de misericordia, estaba entre tanto este grande ángel ofreciendo aquello mismo al Señor[5]. Todo esto sucede no solo para los  justos del Antiguo y Nuevo Testamento, sino para toda alma en gracia, lo cual es un estímulo más para tenerla en gran consideración y procurar no perderla nunca de nuestras almas.

Un Padrenuestro, Diez Ave Marías, un Gloria.

Quinto misterio del Rosario.

Meditación.

De modo contrario pasa con los pecadores, que con la monstruosa fealdad de sus pecados ahuyentan a los santos ángeles y llaman a sí a los ángeles caídos, los demonios, que por permisión divina, cuantos más pecados hace uno, más licencia tienen sobre él, y no un demonio, sino muchos acuden, más o menos, conforme sus pecados y la licencia que Dios les da. Y así, cuando a la Magdalena le perdonaron los pecados, se dice que echó de ella el Salvador “siete demonios”, significándose por el número de siete la multitud de ellos[6]. ¿Qué miseria puede ser mayor que ésta, que un hombre débil esté en enemistad con Dios y rodeado de demonios y tan desamparado de los ángeles, que aun a su ángel custodio, enviado para su propia guarda desde que nació, tiene desobligado para no favorecerle tanto? ¿Y qué mayor dicha que la de aquel que, por estar en gracia y servir a Dios con ardor y alegría, tiene tantos ángeles en la tierra que le asistan y en el cielo que oren por él?[7]. Tengamos por lo tanto gran horror al pecado y gran estima de la gracia santificante.

Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Plegaria a Nuestra Señora de los ángeles”.




[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 326.
[2] Cfr. Nieremberg, ibidem, 327.
[3] Heb 1.
[4] Ap 8.
[5] Tob 2.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 328.
[7] Cfr. Nieremberg, ibidem, 328.

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