domingo, 3 de noviembre de 2019

Hora Santa en reparación por destrucción de iglesias y expulsión de sacerdotes en China comunista 021119



Inicio: ofrecemos esta Hora Santa y el rezo del Santo Rosario meditado en reparación y desagravio por la destrucción de iglesias católicas y la expulsión de sacerdotes en China comunista. Para mayores informes, el siguiente enlace:


Canto inicial: “Tantum ergo, Sacramentum”.

Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Inicio del rezo del Santo Rosario. Primer Misterio (Misterios a elección).

Meditación.

         La caridad, que viene al alma por la gracia, es el don más excelso y grande que pueda tener un alma en esta vida[1]. Dice San Agustín: “La caridad es tan grande don de Dios, que se llama Dios”[2]. Y según algunos autores –como el Maestro de las Sentencias-, la caridad no puede ser otra cosa que la Persona del Espíritu Santo y que no hay otro hábito de caridad más que esta divina Persona, por lo que supera infinitamente a todo don creado e increado[3].

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Segundo Misterio.

Meditación.

         Santo Tomás afirma que aunque la caridad no es el mismo Dios, ni tampoco es infinita, su efecto sí es infinito, porque une al alma con Dios, levantándola a lo infinito, siendo ella en sí misma finita y limitada[4]. Es como una fuerza que levantase en un instante a una montaña pesadísima y la elevase hasta el sol y la llevase hasta el centro mismo del sol, para que resplandeciera con su misma luz: esa fuerza es la caridad; el sol es Dios y la montaña es el alma humana.

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Tercer Misterio.

Meditación.

         Sin embargo, aun mayor es la fuerza de la caridad, la cual inclina el peso del amor humano –que por la concupiscencia está dirigida a las cosas de  la tierra- y, haciéndolo traspasar todo lo creado y sensible, lo hace llegar hasta el Creador, uniéndolo con Él a la creatura racional, además de hermosearla con su divina claridad y belleza[5].

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Cuarto Misterio.

Meditación.

         La acción de la gracia, de elevar el alma humana por encima de lo creado y llevarla hasta el Creador, es algo infinitamente mayor que levantar a todo el planeta tierra sobre la cumbre de los cielos, porque toda esa distancia no es infinita, mas la distancia que hay de lo natural –el alma- a lo divino –Dios-, esto es, de la creatura a Dios, es infinita y así la fuerza de la caridad se puede llamar, en cierto modo, infinita[6].

         Un Padre Nuestro, Diez Ave Marías, Un Gloria.

Quinto Misterio.

Meditación.

         Si le fuera dado a un hombre fabricar cielo y tierra, resucitar muertos o el hacer cuanto quisiera en toda la naturaleza, no haría con todo esto mejor obra que la caridad, porque la caridad excede no sólo a toda potencia de las cosas naturales, sino a todas las potencias y virtudes sobrenaturales y a todos los dones y gracias que reparte el Espíritu Santo, de manera que si se compararan todos los dones y gracias y milagros, comparados con la gracia, son como nada[7].

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”.

Canto final: “Un día al cielo iré y la contemplaré”.

        



[1] Cfr. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, Apostolado Mariano, Sevilla s. d., 267.
[2] Epist. 103.
[3] Cfr. Nieremberg, o. c., 267.
[4] Cfr. Nieremberg, ibidem, 267.
[5] Cfr. Nieremberg, ibidem, 268.
[6] Cfr. Nieremberg, ibidem, 268.
[7] Cfr. Nieremberg, ibidem, 269.

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