martes, 11 de junio de 2013

Hora Santa en honor al Sagrado Corazón de Jesús



         Inicio: entramos en el Oratorio. Nos disponemos y preparamos para la Hora Santa, y para ello hacemos silencio, interior y exteriormente. Pedimos la asistencia de nuestros ángeles custodios, para que eleven nuestras oraciones al Corazón Inmaculado de María. Ofrecemos esta Hora Santa en honor al Sagrado Corazón y la ofrecemos en reparación por los dolores provocados al Sagrado Corazón por parte de los hombres, que corren detrás de los ídolos del mundo, posponiendo a Jesús y haciendo vano su sacrificio redentor. El Sagrado Corazón está rodeado por una corona de espinas, representación de la malicia del corazón humano, que responde con el pecado al don del Amor divino manifestado en Jesús.

         Oración inicial: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Canto de entrada: “Sagrado Corazón, eterna alianza”.

         Meditación

         Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que te revelaste a Santa Margarita dándole a conocer las riquezas inagotables del Amor de tu Corazón traspasado, pero al mismo tiempo te quejaste por los innumerables desprecios, ultrajes e indiferencias, con los cuales eres continuamente ofendido, te pedimos perdón y te ofrecemos tu propio Corazón, vivo y palpitante de amor en la Eucaristía, en reparación por todas las veces que los hombres -entre ellos, nosotros mismos- olvidan tu Presencia en el Santísimo Sacramento del altar y te posponen, quien por una diversión, quien por un pasatiempo, quien por una creatura, todos por bagatelas que comparadas a Ti son menos que la nada y el polvo. Jesús, que entregaste tu vida en la Cruz para salvar a los hombres, y no escatimaste prueba de amor alguna, de manera que nadie pueda decir que te reservaste algo para Ti; Jesús, que en el Huerto de Getsemaní sufriste los más atroces dolores, porque sufriste todos y cada uno de los dolores y de las muertes de todos los hombres de todos los tiempos; Jesús, que en tu Pasión de Amor, fue tanto el dolor por ver la condenación de multitud de hombres a quienes amabas más que al universo entero, que sudaste gotas de sangre, de tu Sangre preciosísima; Jesús, que cargaste sobre tus espaldas los pecados de todos y cada uno de los hombres, y por Amor sufriste en silencio el castigo que la Justicia divina tenía preparado para ellos, y aun así, los hombres desprecian tu Presencia eucarística y te abandonan en pos de los ídolos del mundo; oh Sagrado Corazón de Jesús, horno ardentísimo del Amor de Dios, no tengas en cuenta estos ultrajes, frialdades e indiferencias; mira más bien aquello que te ofrecemos, tu mismo Corazón, en quien arde el Amor eterno del Ser trinitario, y el Corazón Inmaculado de tu Madre amantísima, inhabitado por el Purísimo Amor de Dios, y que esto que te ofrecemos te llene tanto de consuelo a tus penas y amarguras, que ya no tengas en cuenta las ofensas con las que los hombres ingratos te agraviamos constantemente.

         Silencio para meditar.

         Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, cuyos méritos infinitos están siempre en acto ante el Padre, de modo de poder dar satisfacción en todo momento por todos los hombres; oh Jesús, que en el Huerto de Getsemaní pediste a tus discípulos, que te acompañaran con la oración mientras Tú te ofrecías al Padre por nuestra salvación, pero los discípulos, invadidos por el desamor y la pereza, durmieron en vez de rezar, y así las fuerzas de la  oscuridad, envalentonadas por la tibieza de los buenos, te cercaron y te rodearon y con palos y espadas iniciando así tu dolorosísima Pasión. Oh Jesús, ¡cómo se marca aquí el contraste entre tus discípulos, que deberían orar movidos por el Amor, y en vez de hacerlo, duermen dominados por la pereza espiritual! En ellos están representados todos aquellos que, en el tiempo, cometerían el pecado de la acidia o pereza espiritual, pecado de desamor y de frialdad, malicia incomprensible para quien ha gustado las dulzuras y ternuras inenarrables de tu Sagrado Corazón. En contraposición a la frialdad y tibieza, a la decidia y a la pereza de tus amigos, los Apóstoles, y todos aquellos a quienes llamarías a tu amistad a lo largo de los tiempos, tus enemigos, movidos por el odio a ti y por el amor al dinero, se mueven con premura y eficacia, llenando el espacio de correrías, gritos, imprecaciones, insultos hacia Ti, con tanta rapidez y furia, que todos se atropellan y se empujan por ver quién es el que más rápido y fuerte te propina golpes. Oh Jesús, tu Sagrado Corazón se estruja de dolor al comprobar que en tus amigos, puede más el amor propio, la pereza y la indolencia, antes que el Amor a Ti, porque si te amaran, al menos habrían vencido el sueño y habrían hecho oración. Te ofrecemos en reparación, Sagrado Corazón, el Amor de tu Madre amantísima, Amor que la llevó a orar continuamente, en todo momento, y el amor y las oraciones de los cientos de miles de santos que a lo largo de la historia te amaron y se unieron a Ti en las horas de tu amarguísima Pasión.

         Silencio para meditar.       
       
         Sagrado Corazón de Jesús, cuyo sufrimiento en el Huerto de Getsemaní supera todo lo imaginable, porque asumiste sobre Ti los dolores y las muertes de todos los hombres –asumiste mis dolores y mi muerte- para destruir los pecados con el poder de tu Sangre, te doy gracias y te bendigo por haber sufrido por mí el castigo que me merecía por mis pecados, y te doy gracias por haber sufrido mi propia muerte para destruirla y donarme tu Vida eterna; Sagrado Corazón de Jesús, cuyo Amor es aun más grande que tu sufrimiento y dolor, porque fue el Amor, y nada más que el Amor, el que te impulsó a cargar sobre tus espaldas los pecados de toda la humanidad, te doy gracias y te bendigo, porque de esta manera me has revelado el secreto más íntimo de tu Ser divino trinitario: que nos amas al punto tal de cometer la locura de Amor más grande que un Dios pueda llevar a cabo, y es el sacrificio de tu propia vida en la Cruz. Por este infinito Amor que brota de tu Corazón traspasado en la Cruz, como de una fuente inagotable haz, oh buen Jesús, que tu Pasión y tu Amor se impriman con tal fuerza en mi mente, en mi corazón, en todo mi ser, que no haya instante del tiempo en el que no te ame, ni segundo en el que no suspire por Ti, ni instante en el que no me postre en adoración agradecida a tu infinita Misericordia, y si por debilidad o malicia de Ti me olvidare, atráeme con la fuerza de tu Pasión de Amor, para que inmediatamente regrese a postrarme ante tu Presencia, para así adorarte y amarte continuamente, en el tiempo, como anticipo de la adoración y el amor eternos que por tu misericordia espero tributarte en los cielos, para siempre.  

         Silencio para meditar.      
        
         Oh Sagrado Corazón, que estás rodeado de gruesas y filosas espinas, espinas que representan nuestros pecados, nuestras maldades, nuestras indiferencias, nuestras frialdades frente a tu Presencia eucarística; Sagrado Corazón de Jesús, que viniste a nuestro mundo para donarnos el Amor del Padre con la Sangre de tu Corazón, y nosotros a cambio te respondemos con ingratitudes, olvidos, menosprecios, que desgarran la Carne de tu Corazón provocándole profundas y dolorosas heridas. Sagrado Corazón, cuyo Motor es el Amor divino, Amor que a cada latido grita con voz potente: “¡Almas! ¡Almas!”, y a cambio recibes frialdad e indiferencia, ¡ten piedad de los pobres pecadores, ten piedad de quienes se olvidan de Ti, posponiéndote por las creaturas! Apiádate de ellos, porque no saben lo que hacen, y no saben lo que hacen, porque no te conocen. Si te conocieran, te amarían y correrían a postrarse en adoración continua frente a tu Presencia sacramental. Sagrado Corazón, cercado por punzantes y filosas espinas, que son nuestros pecados; te ofrecemos, en reparación, el suave aceite que calmará tu dolor, el amor y la oración del Inmaculado Corazón de María, y nos unimos a su oración y a su amor, para darte consuelo y alivio en medio de tanto dolor. Jesús, que nuestra reparación y adoración, que no es nuestra, sino la de tu Madre amantísima, sirvan de suave bálsamo que reparen los desgarros que las espinas de nuestros pecados en tu adorabilísimo Corazón.

         Silencio para  meditar.

         Sagrado Corazón de Jesús, que estás envuelto en las llamas del Amor divino, Tú eres llamado “Carbón ardiente” o “Ántrax”, por los Padres de la Iglesia, porque tu Humanidad Santísima ardió, como brasa incandescente, desde el primer instante de la Encarnación, al contacto con el Fuego del Espíritu Santo. Jesús, a quien los tibios te provocan náuseas, al punto de “vomitarlos de tu boca”, te suplicamos por los hombres de nuestro tiempo, que enceguecidos por la ciencia, la técnica y la tecnología, se postran en su adoración tomando así a la razón humana como a un ídolo, enfriando sus corazones y desplazándote a Ti, único Dios verdadero, el único que merece ser adorado y bendecido por los siglos sin fin. Apiádate de ellos, Sagrado Corazón, y envíales tu Espíritu Santo, tu Espíritu de Amor, sopla sobre sus fríos corazones, negros como el carbón, el fuego del Amor divino que te envuelve, y enciéndelos y conviértelos en teas ardientes de amor y adoración, que resplandezcan en los cielos por la eternidad.

         Silencio para meditar.

         Oración final: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” (tres veces).

         Canto de salida: “Los cielos, la tierra, y el mismo Señor Dios”.


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