jueves, 11 de octubre de 2012

En la Eucaristía Jesús nos da el Espíritu Santo para amar a Dios y al prójimo como Él los ama



“Amar a Dios y al prójimo” (cfr. Mc 12, 28b-34). Un racionalista decía que era injusto el hecho de que Dios impusiera como mandato el amar, ya sea a Dios o al prójimo. Sostenía que no se podía mandar algo que no se siente, y si uno no siente amor por Dios, no tiene que basar su salvación en algo imposible; también decía lo mismo respecto al prójimo: si es un enemigo, por definición, es imposible amarlo.
         ¿Cómo responder? Ante todo, que Dios no manda lo imposible, y si lo manda, es porque es posible. Con respecto a Dios, Dios es la Bondad infinita, y todo el mundo desea ser feliz, en ese deseo de felicidad, está implícito el amor a Dios, que es felicidad infinita, por lo que Dios no manda lo imposible con respecto a Èl; con respecto al prójimo, el amor al prójimo no se refiere a un sentimiento, sino a la caridad, que es el amor de Dios, el Espíritu Santo, que permite tener compasión y misericordia por el prójimo, lo cual nada tiene que ver con el sentimentalismo.
         El fuego del amor de Dios, el Espíritu Santo, lo infunde Cristo en cada comunión, para hacernos posible el cumplir el mandato más importante de la religión católica.

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